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La noche de los tiempos

Vista del río Hudson, que Ignacio Abel observará desde la ventanilla de un tren (fuente: huffingtontonpost.com).

Vista del río Hudson, que Ignacio Abel observará desde la ventanilla de un tren (fuente: huffingtontonpost.com).

¿Dónde está la frontera, el punto adecuado, entre la cobardía y la coherente inacción?, ¿cómo juzgar a alguien que reconoce haber huido de su país en llamas, no haberse esforzado demasiado al ofrecer su ayuda, que no abrió la puerta a quien suplicaba entrar, con la  muerte muy cerca, que dejó atrás a su familia, pero el remordimiento no termina de ahogarlo, no aprieta lo suficiente como para borrar la añoranza de un cuerpo, de un amor clandestino?

Ignacio Abel, el protagonista de La noche de los tiempos, no es un héroe de talle clásico, épico, porque, frente a los obstáculos que encuentra en la historia, el derrumbe de su matrimonio, la caída de la República, opta por el silencio. Quisiera pasar de largo sin hacer ruido, en esa campana donde confiesa haber vivido cuando con tesón labraba su carrera como arquitecto y desmentía el sino impuesto por sus orígenes.

El ensimismamiento de Abel contrasta con la actividad frenética de Juan Negrín, figura siempre discutida con vehemencia en la historiografía, que en esta novela recibe un trato benévolo. Su lugar está en el laboratorio, nos dice, pero se siente obligado a servir a su patria agredida. Ante el desorden gubernamental, lleva él mismo a la sierra agua y abrigo para los milicianos. Su compromiso no es producto de una borrachera de sangre ni de palabras. Se adentra en el caos porque no rehúye su responsabilidad; intenta poner orden en la locura, no la retroalimenta, al contrario que Bergamín, presentado por el narrador como ejemplo de la intransigencia, de la proclama incendiaria.

En su relato, Muñoz Molina se esfuerza por comprender los motivos que condujeron al desastre, adentrándose en las vivencias, los lastres íntimos, el comportamiento de unos personajes que sirven para explicar una época en un lugar. Desde luego, no se exime de pecado al pueblo. Víctor, el cuñado de Abel, es arrastrado por su inseguridad al abrigo violento de la grey falangista. El resentimiento, a veces el mero aburrimiento, o una rencilla, empujan a muchos a la delación. El miedo y la sed de protagonismo llevan a Bergamín a avivar la hoguera. La miseria y la ignorancia hacen creer a los milicianos que la guerra es solo un desfile, un juego del que se vuelve con la alegría de poder contar una aventura. En este escenario no sabemos qué parte de culpa asignar al que huye del fuego, como Abel, o como Pedro Salinas, a los que no se quedaron en las barricadas, o al menos colaborando con la Alianza de Intelectuales, o rodeado de fusiles y muertos en la Residencia de Estudiantes, refugio de Moreno Villa.

Judith Biely, la joven norteamericana que despierta en Abel la pasión congelada por un matrimonio sin llama, y el magnate Philip Van Doren, quien proporciona a aquel el pretexto para la huida, al encargarle la construcción de una biblioteca en Nueva York, nos proporcionan la visión externa no tanto de la guerra como de España. La admiración de ella, no exenta de ingenuidad y de folclore, y de cierta imagen de una supuesta alma castellana, de la que en la obra se responsabiliza en parte a los autores del 98, nos muestra un pueblo acogedor y entusiasta; el cinismo de él, provocador, dibuja un país atrasado, incapaz de avanzar a causa de las trabas burocráticas y la indolencia.

Ahora bien, sería un error considerar esta magnífica novela de Muñoz Molina como un libro solo sobre la guerra española, o únicamente una radiografía social de una ciudad, Madrid, en una situación crítica. El escritor jiennense enlaza con gran destreza ese componente histórico con la forja del carácter de Abel, con su manera de responder ante lo que rodea, que el narrador trata de dilucidar a través de los continuos saltos temporales y la confrontación con otros pulsos vitales. Aquí está, a mi juicio, el verdadero leitmotiv de la obra: en cómo asume el arquitecto la irrupción de Biely, una explosión mucho más estridente que el estallido bélico, y va esquinando poco a poco a Adela, la sufrida esposa, separados como están por un muro impenetrable. En cómo este tibio (el mayor enemigo de los fanáticos, se dice en un genial pasaje) desconfía de la vehemencia ideológica y las llamadas a los cuchillos. En cómo alberga una mezcla de compasión y desapego culpable hacia las barriadas y las gentes de las que él mismo procede, en lo que constituye una versión transgresora de la lucha de clases.

En su indagación, el autor nos regala brillantes diálogos y reflexiones. Se perciben simpatías y fobias del autor, pero la novela no cae en el maniqueísmo. Hay descripciones brillantes, de las que harían sonreír con deleite a Galdós, e imágenes que erigen por sí solas un relato. Aquellas cenas sumidas en la tiniebla, las miradas de rencor de una madre que no duerme en el sueño americano, que añora la Rusia de los zares y la nobleza perdida; la lágrima del padre al marchar su hija Judith a Europa, un instante que quizá reconcilie al lector con un personaje turbio. El asombro del profesor Rossman, luz y mártir del conocimiento, de la pasión por el saber; los objetos en los bolsillos, el frío en el aula. El saludo respetuoso de Eutimio, capataz e íntegro socialista. Las pisadas, los sonidos de la calle, que resuenan en el oscuro sótano donde el niño Abel se afana en el estudio; el carro que trae un cadáver. El tiempo que se consume entre los dos amantes, que se pierde al caer el día.

El ruido y la furia

William Faulkner (fuente: achtungmag.com).

William Faulkner (fuente: achtungmag.com).

La red va sutilmente trenzándose y atrapándonos. Al principio, los pensamientos del idiota nos detienen en el desconcierto. Vamos intuyendo, sin apenas sujeción a la lógica verbal y temporal, la degradación de una casa, de una familia, de un mundo. Los fogonazos de Benjy demandan nuestra atención como los astros al darles forma: un leve despiste arruina el dibujo. Es el reto que nos absorbe, al igual que el periplo de Leopold Bloom por Dublín.  Queremos seguir empujando esa puerta entreabierta: a este lado, el ruido; al otro, la ruina, el odio, la furia.

Dice Vargas Llosa que Faulkner nunca, al volver a sus páginas, le ha decepcionado. En ellas halla siempre el consejo certero, la maestría del verbo y de la arquitectura narrativa. El Nobel norteamericano trazó en este libro un túnel con muy poca luz, la justa para solo insinuar, la precisa para invitar al lector a seguir avanzando y descubriendo. Cada uno de los cuatro narradores nos ofrece una lumbre distinta, hasta poder vislumbrar un mosaico al cual le faltan las piedras que nosotros, jueces del proceso, y Caddy, cuya voz permanece en la penumbra, habríamos de aportar.

Tras el oscuro cuadro, vagamente percibimos el susurro trágico del padre alcohólico, fuente velada del relato. Quentin, el primogénito, transforma este legado en un camino de pena y delirio, donde el amor turbulento e ideal hacia su hermana, del cual poco sabemos, actúa de resorte. El dolor provoca que la palabra se convierta por momentos en un laberinto. Faulkner nos ofrece una radiografía memorable del cerebro en estado neurótico. La indiferencia, incluso la risa, ante la acusación de abuso a una niña, no es sino la tranquilidad que precede al acabamiento.

El recorrido por esas calles fantasmagóricas tiene mucho de pasaje mortuorio, y por tanto de rememoración, angustiosa, de búsqueda de una explicación. A la traición indeterminada de la hermana, a la propia destrucción. En la mente de Quentin se entrelazan el rencor y la compasión hacia el desmoronamiento de la familia, que encontrará en su muerte inminente el hito más claro.

Si existía alguna contención, cierta serenidad, en el flujo verbal de Quentin, el relato de Jason la derriba con el puño del odio, que se dispara en diversos sentidos, pero que sobre todo apunta a Caddy, otra vez ella en la sombra, y a su hija, para quienes reserva su crueldad más depurada. Quizá Faulkner, con esta narración limpia, sin las distorsiones de las anteriores, jugó a que el lector sintiera algún tipo de identificación, a la fuerza culpable, con el personaje, a la manera de un villano del cine con ciertas razones comprensibles, siempre el más atractivo, el que hurga en las zonas oscuras (¿reprimidas?) del espectador.

Jason alberga en sí toda la perversidad que le permite su posición, privilegiada y maldita a la vez, al frente de la casa. A su madre, la atormentada Caroline, y a Dilsey, la matriarca de los sirvientes, dedica una inquina refinada, disfrazada de respeto displicente. Los diálogos con estas mujeres constituyen un ejemplo sublime de violencia contenida, de siniestra dependencia, de la fuerza absurda y perniciosa de la costumbre. Sobre la mesa, como epicentro de la tensión, el trato dado por Jason a su sobrina, Quentin II, quien recibió el nombre del tío malogrado. La vigila obsesivamente, la persigue, la retiene, solo le permite ver a la madre proscrita en brevísimos encuentros, y, en el culmen de la iniquidad, le roba el dinero que recibe de aquella.

En la sobrina, Jason vuelca todo su resentimiento, por la ruina heredada, por la debilidad del padre, por la claudicación del hermano mayor, por la carga de Benjy y la disolución de Caddy y de su hija, por la desidia de la madre, por Dilsey y los demás sirvientes, vistos como un elemento intruso más que propio. Es el rechazo del mundo entero, de los negros y de las mujeres, de los compromisos y de las fiestas, un canto a la frustración, un grito amargo en el jardín de la mala hierba.

Faulkner entrega el relato final a Dilsey, quien observa con dolor, y con lealtad, el declive de los Compson, que ahora, tras la representación de los actores principales, es visto desde el otro lado del telón. Sus lágrimas en la iglesia son el símbolo de la impotencia, de la decadencia irreversible. A través de ella conocemos el hecho que cerrará el círculo de la furia. ¿Justicia divina sobre Jason? Fin de la estridencia, comienzo del juicio.

Mea culpa

Sísifo, según Tiziano (fuente: Wikipedia.es).

Sísifo, según Franz von Stuck (fuente: Wikipedia.es).

Quizá todas aquellas palabras que no dijiste estén mejor no dichas. ¿Por qué hubieron de ser pronunciadas? Puede ser que durante todo este tiempo hayas sido el juez más implacable, cruel y caprichoso, sin sentencia alguna, que todo haya sido puro invento, entelequia masoquista. Castigos que parecen nuevos y son los mismos. ¿Y cuál es la causa?

Es probable, y ya te vas dando cuenta, que la contrición sea solo el barniz con el que tratas de esconder la carcoma, tras muchos años de aparentar que no pasaba nada, de mirar a todas partes menos hacia dentro. Como aquel que se pellizca fuerte el brazo para borrar por un momento el dolor de muelas.

Arrepentirse, al igual que errar, es humano (¿demasiado humano?), mas, ¿de qué?, ¿dónde está el origen de la culpa?, ¿quién te ordenó cargar con esa losa sino tú, y por cuántas horas más? Ya la escalada es dura, pero, cada día que pasa,  hace al descenso todavía peor. ¿Por qué, por qué, por qué? Siente el temblor que provoca esa pregunta.

Sin relámpago no habrá catarsis. Hasta que no arrojes por el despeñadero todos los desechos que acumulas en la cabeza, el paso seguirá siendo extenuante. En los instantes de lucidez, lo sospechas, pero no te convences. Es preciso ganarse el derecho a mirar de frente; es necesario tener valor para afirmarse.

Cuando te liberes, aparecerá una risa gozosa, aquella que lleva pidiendo turno desde que te sepultó el miedo. Espero que alcances el punto de partida hoy, mejor que mañana. Si el sufrimiento no adquiere sentido, termina por convertirse en la piedra que se ha de llevar arriba una y otra vez, eternamente.

Montesinos

Escultura de Don Quijote y Sancho, situada en Ossa de Montiel, a la entrada de la Cueva de Montesinos (fuente: panoramio.com).

Escultura de Don Quijote y Sancho, situada en Ossa de Montiel, a la entrada de la Cueva de Montesinos (fuente: panoramio.com).

Yo creo que a todos nos ha ocurrido alguna vez: tirar de la cuerda un poco más, para seguir viviendo en una ilusión o en una mentira, confundidas quién sabe en qué punto, a propósito o sin darnos cuenta. Me dijo un amigo que ese engaño es necesario en ciertos momentos de la vida, y pienso que no le falta razón; siempre y cuando no se prolongue demasiado: no sea que transformemos una realidad paralela en la única realidad.
Desconcertante es la ilusión. Energía del corazón, ánimo de la lucha, a veces se torna en preludio del aciago despertar, cuando es sospecha acallada, disfrazada de convicción. Nadie lo sabe mejor que nosotros: llegará el instante de dejarlo, en el punto en que nos quedemos sin cuerda.
Pienso que Alonso Quijano no intentaba en la Cueva de Montesinos sino alargar ese sueño inducido. En uno de los episodios, a mi parecer, más significativos de su obra, Cervantes nos muestra al hidalgo en la pelea más íntima, la del creer. Porque aquí la locura se construye, se hace en el esfuerzo… y en la mentira.
El propio traductor nos advierte, en pura ironía cervantina, que es más que probable que la aventura sea apócrifa. Se arriesga el autor, pues hasta entonces teníamos a un caballero cuyo insano andar era, al menos, sincero. Sus ojos verdaderamente veían molinos y castillos, o eso parecía. Ahora se pone en un aprieto al lector, que ve al héroe, ante las burlas y la desconfianza de Sancho y del primo, cómo se mantiene en sus trece. Está mintiendo, pero es necesario…
Cervantes apuesta fuerte. Da un giro a la historia. Las experiencias vividas en la cueva, y su entusiasmado relato, son un grito de rebeldía, de resistencia. Es un abrazarse bien fuerte a la ilusión. Es el querer hacer vida del camino. El caballero desea decirnos que no hay vuelta atrás, cuando ya a lo lejos, quizá, vislumbra el retorno.
En esa moneda al aire, la reacción del lector decide la cara o la cruz. Puede condenar al loco por mentiroso. Sin embargo, lo acompaña hasta el fin. Cervantes triunfó, precisamente porque la insistencia en el engaño hizo al Quijote más humano. La ambivalencia en esta ocasión es máxima: la réplica de sus interlocutores nos hace reír, el mundo bajo el suelo nos maravilla y nos hace torcer el gesto a partes iguales, por imaginativo y disparatado, y la defensa de su narración envuelve al hidalgo en un halo de ternura y autenticidad.
Nos miente, pero no nos sentimos defraudados. Alonso Quijano necesitaba esa trampa para seguir en el camino. Como las que nos hacemos nosotros a lo largo de nuestros días. Pequeñas o grandes ilusiones nebulosas. Habría sido injusto abandonarlo. Cervantes confiaba en que no desistiéramos. Por eso, cuando Sancho inventa a su vez las maravillas que vio en el viaje a lomos del famoso Clavileño, el caballero le dice al oído estas memorables palabras, hondas en su sencillez: Sancho, pues vos queréis que se os crea lo que habéis visto en el cielo, yo quiero que vos me creáis a mí lo que vi en la cueva de Montesinos; y no os digo más.

Sampedro, libertad

José Luis Sampedro (fuente:elmundo.es).

José Luis Sampedro (fuente:elmundo.es).

Será ya el sintagma que lo defina tras su muerte: libertad de pensamiento. Como un recado para las generaciones presentes y venideras. Pero no es fácil su cumplimiento, pues no todos disponemos de la lucidez, del brillo, del ímpetu, de José Luis Sampedro.

Hagámonos un examen: ¿cuántos de nuestros pensamientos son realmente nuestros? Me refiero a nacidos de nosotros, cocinados en la reflexión y la experiencia, la lectura y el contraste. Extraídos de la herencia y de las opiniones ajenas, mas filtrados en la conciencia. Seguramente, el balance sería negativo en la mayoría de los casos. Y es que muy pocas veces hay filtro, puesto que este requiere voluntad de trabajo. Predisposición hacia una tarea lenta, que se contradice con el tiempo veloz que hoy marca nuestros pasos.

Hay figuras que desprenden convicción, un aura de certezas forjadas en la autocrítica, la escucha activa y la rectificación. En el aprendizaje constructivo, al fin, esa aspiración pedagógica que, se supone, mueve a las leyes educativas y a las programaciones de aula. La edificación consciente del pensamiento, un objetivo que ahora resulta más difícil de cumplir que hace una década, debido a la enorme cantidad de información que día a día debemos procesar, si es que queremos estar informados.

Puede parecer una contradicción, pero creo que visto con detenimiento, no es así. Internet nos abre un abanico inmenso de noticias y opiniones. Sin embargo, por sí solo, ese gigante contenedor no nos conduce a la libertad, sobre la cual tanto hablaba, y practicaba, Sampedro. Hay que saber distinguir lo importante de lo irrelevante, y luego sembrar, pulir, nuestro criterio.

Y no se puede confundir convicción con cerrazón o intolerancia, donde no existe brillo, sino mala digestión de lo aprendido. Engañosa sabiduría, la que no sabe ponerse en el lugar del otro, partir del respeto para construir una verdadera discusión. Esta transigencia no riñe con la libertad de pensamiento. Más bien la amplía, le descubre nuevos horizontes.

Sampedro fue una de esas figuras que sugerían convicción, maduración intelectual a través de los años. Era conocido como humanista, adjetivo que ha perdido parte de su significado, aparte del puramente académico. Podríamos traducirlo como interés por la potencialidad del ser humano, reflexión sobre su capacidad, sobre su creatividad. Y entre todos los valores humanos, él apuntaba a la libertad como el esencial, pero una libertad propia que no se olvidara del resto de los habitantes de la Tierra, esto es, de la solidaridad.

Una libertad que nace en la mente, en el deseo de aprender, en la curiosidad, en el amor por el conocimiento, vía dulce, edificante, para llegar al amor hacia los demás.

Contar

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Fuente: casadellibro.com

Jacobo, o Jaime, va hacia el fondo de las cosas, un esfuerzo a menudo doloroso, cuando lo pensado nos incumbe. Por ello solemos dejarlo a medias. Da rienda suelta a su intuición, tal como le enseñó su padre. Cuenta y cuenta, en contra de lo que, en ingeniosa paradoja, recomienda al comienzo de su relato. Y quizá sea esa la forma que Tu rostro mañana tomará en mi memoria: el peligro que esconde el saber, y sus presunciones.

Javier Marías asigna al protagonista de su novela un supuesto don, el de desnudar caracteres con apenas un rato de observación, y el de predecir futuros comportamientos y lealtades. Un privilegio que nos creemos con cautela, pero que nos creemos, a pesar de haber confiado siempre en nuestra impredecibilidad. Imaginen que nuestra página tenga ya más de una linea escrita, que solo sea cuestión de dónde estemos y con quién, de las pequeñas variaciones que nos encontremos por el camino. Que sea cierto que la probabilidad corra por las venas, y solo espere el momento propicio para emerger.

El autor juega con esa inquietante hipótesis, nos enreda en ella sin estridencias, mas sí con suave persistencia. En el centro de la red él, que ha de saberlo todo sobre todos, que se entrega al juego sin muchas preguntas en el edificio sin nombre, en Londres huyendo de Madrid, del recuerdo, de Luisa. Del amor que se rompió, aunque a lo mejor no del todo. Siempre queda el consuelo mínimo de la esperanza, el resquicio de la ensoñación.

Porque la posterior y última novela de Marías, Los enamoramientos, tiene mucho que ver con esta, en tanto que en ambas el amor y su ausencia actúan de cemento, de manera más evidente en aquel libro. Incluso podemos considerar un relato continuación de otro, no por la trama, sino por la similitud de sus reflexiones, prominentes sobre la acción. Estas se van repitiendo, con las mismas palabras, en distintas partes de la obra, a modo de hilo conductor.

Reflexiones que surgen de una mente más desorientada de lo que su portador se reconoce. Que encuentra en el juego de la interpretación un entretenimiento, una vía de escape frente a las preguntas más incómodas, las que nos hacemos a nosotros mismos. Solo cuando Jacobo conoce, o cree conocer, las consecuencias de sus deducciones, se plantea la conveniencia de su trabajo. Cuando percibe el daño causado, o por causar.

Esta es una interesante propuesta de la novela. Marías nos invita a cuestionarnos la pertinencia de decir, la manía de opinar y de juzgar sobre todo aquello que llega a nuestros ojos, y más vagamente incluso, a nuestros oídos. Qué sabemos, con qué certeza. Mejor callar. Pero qué difícil, si esa es nuestra esencia. Y es que bien pensado, sería como atentar contra nuestra naturaleza. Porque cuántas veces las conversaciones se estancan si no hay un tercero sobre quien hablar, alabar pero las más de las veces censurar. Esparcimos pequeñas sospechas, conjeturas. Mirar hacia fuera es mejor, más sencillo, con menos riesgos, que mirar hacia dentro. Oasis en tierra baldía, palabras ganadas al tedio.

Y traspasamos los límites, muchas veces casi sin darnos cuenta. Jacobo dará un paso atrás cuando ya haya experimentado una transformación personal en verdad sorprendente. No sabemos si su comportamiento era predecible o no. Eso no lo tiene claro ni él mismo, al contrario que cuando era otro, en su caso siempre desconocido, el descifrado, dibujado su rostro mañana. Porque pensarse, sobre todo si el amor llama a la puerta, implica muchas veces mentirse, dejarlo estar, si queremos seguir adelante, negar que sabemos lo que sabemos, aunque la evidencia sea sentida.

En el exceso el protagonista tiene un maestro inmejorable, Tupra, ese dios cuyo poder atrae sin remedio. Que se erige por encima del bien y del mal. Un personaje del cual no disponemos de muchos datos, y es ese misterio que le rodea, junto con una moral de fronteras indescifrables, lo que le hace tan interesante, una figura gigante acomodada en el segundo plano. Lateral, podemos decir, como Peter Wheeler, profesor jubilado, anciano eterno que vio de cerca cuánto se ensanchan aquellos límites, si las circunstancias, por ejemplo una guerra, lo exigen. La muerte espera a que rompa su silencio, a que deje de contradecir la inercia del mundo.

 

Juan-Lanzas-camino-del-furgón-policial-tras-la-orden-de-la-Jueza-Alaya-de-ingresarlo-en-prisión

Juan Lanzas, visitando los juzgados (fuente: elprural.es).

Se le suele ver sonriente, como a tantos otros de su gremio. Es chulería, o nos lo parece, vistas las circunstancias, la saturación, el hartazgo. La sonrisa del no es para tanto. La de que me quiten lo bailao, o la del gamberro que disfruta con el placer de la gamberrada, y solo escucha a medias la regañina. No sé, quizá la chulería del ay si yo hablara.

Y es que nos gustaría verlo más serio, o incluso pidiendo perdón. Cosas de la justicia poética, empeñada en su ingenuidad. Porque este hombre no puede dejar de reírse, si en los periódicos le llaman el conseguidor. Feo nombre, pero con cierto lustre para el prestigio íntimo de un gañán. Un ex-sindicalista, para mayor escarnio del apaleado ciudadano. Nótese que he dicho ex. Tengo presente el comunicado de la UGT , donde aclara que el señor en cuestión nada tiene que ver con ellos desde 2002. Vaya a deteriorarse (más) su imagen.

Qué puntería. Casi nos íbamos quitando los complejos aquí en el sur, en la Andalucía imparable, cuando salta esto de los ERE, que no para de salpicar mierda. Ya, ya. Que también tienen lo suyo más arriba de Despeñaperros, muy al norte y al este también. Eso nos salva. No solo somos nosotros. Es asunto del país entero. Tonto el que no se consuela.

Tengo que reconocer que a Juan Lanzas aún no le he visto una sonrisa tan abierta, tan sincera, tan mostrando la blancura de los dientes, ya risa, como aquella de Julián Muñoz, sujeto que a mí me recuerda al comisario de Mortadelo y Filemón. Será por lo chusco, o por lo cómico. Esa gracia tardó en venir, cierto. Creo que apareció una vez el sujeto se forró en un programa de televisión. Cosas divertidas, que deben de provocar carcajadas en la sosa Merkel. Les ahorro la foto, no de ella, sino de aquel.

Bárcenas, enfadado (fuente: abc.es).

La chulería va mezclada con agresividad, en la cara de Bárcenas, y en su dedo. Puede que sea un mosqueo fingido, eso parece si nos fijamos bien en cómo cierra la boca, gesto un poco forzado, como de niño que encoge los hombros. Su intención es la de hacer creer que se está cometiendo una injusticia con él, y que tiene material como para poner a un Gobierno de vuelta y media. Desde luego, con la estrategia que toma el PP, demanda para acá y para allá, y paso palabra, está consiguiendo que la sospecha se extienda, y ya puestos, que la desconfianza en los políticos se haga cada vez más grande, hasta un límite que empieza a tornarse en odio visceral, algo que se descubre cuando uno abre el oído por la calle. Tanto es así que la indiferencia se convierte en preferible. Un mal menor. Un chiste más.

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