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Archive for 13 septiembre 2014

La noche de los tiempos

Vista del río Hudson, que Ignacio Abel observará desde la ventanilla de un tren (fuente: huffingtontonpost.com).

Vista del río Hudson, que Ignacio Abel observará desde la ventanilla de un tren (fuente: huffingtontonpost.com).

¿Dónde está la frontera, el punto adecuado, entre la cobardía y la coherente inacción?, ¿cómo juzgar a alguien que reconoce haber huido de su país en llamas, no haberse esforzado demasiado al ofrecer su ayuda, que no abrió la puerta a quien suplicaba entrar, con la  muerte muy cerca, que dejó atrás a su familia, pero el remordimiento no termina de ahogarlo, no aprieta lo suficiente como para borrar la añoranza de un cuerpo, de un amor clandestino?

Ignacio Abel, el protagonista de La noche de los tiempos, no es un héroe de talle clásico, épico, porque, frente a los obstáculos que encuentra en la historia, el derrumbe de su matrimonio, la caída de la República, opta por el silencio. Quisiera pasar de largo sin hacer ruido, en esa campana donde confiesa haber vivido cuando con tesón labraba su carrera como arquitecto y desmentía el sino impuesto por sus orígenes.

El ensimismamiento de Abel contrasta con la actividad frenética de Juan Negrín, figura siempre discutida con vehemencia en la historiografía, que en esta novela recibe un trato benévolo. Su lugar está en el laboratorio, nos dice, pero se siente obligado a servir a su patria agredida. Ante el desorden gubernamental, lleva él mismo a la sierra agua y abrigo para los milicianos. Su compromiso no es producto de una borrachera de sangre ni de palabras. Se adentra en el caos porque no rehúye su responsabilidad; intenta poner orden en la locura, no la retroalimenta, al contrario que Bergamín, presentado por el narrador como ejemplo de la intransigencia, de la proclama incendiaria.

En su relato, Muñoz Molina se esfuerza por comprender los motivos que condujeron al desastre, adentrándose en las vivencias, los lastres íntimos, el comportamiento de unos personajes que sirven para explicar una época en un lugar. Desde luego, no se exime de pecado al pueblo. Víctor, el cuñado de Abel, es arrastrado por su inseguridad al abrigo violento de la grey falangista. El resentimiento, a veces el mero aburrimiento, o una rencilla, empujan a muchos a la delación. El miedo y la sed de protagonismo llevan a Bergamín a avivar la hoguera. La miseria y la ignorancia hacen creer a los milicianos que la guerra es solo un desfile, un juego del que se vuelve con la alegría de poder contar una aventura. En este escenario no sabemos qué parte de culpa asignar al que huye del fuego, como Abel, o como Pedro Salinas, a los que no se quedaron en las barricadas, o al menos colaborando con la Alianza de Intelectuales, o rodeado de fusiles y muertos en la Residencia de Estudiantes, refugio de Moreno Villa.

Judith Biely, la joven norteamericana que despierta en Abel la pasión congelada por un matrimonio sin llama, y el magnate Philip Van Doren, quien proporciona a aquel el pretexto para la huida, al encargarle la construcción de una biblioteca en Nueva York, nos proporcionan la visión externa no tanto de la guerra como de España. La admiración de ella, no exenta de ingenuidad y de folclore, y de cierta imagen de una supuesta alma castellana, de la que en la obra se responsabiliza en parte a los autores del 98, nos muestra un pueblo acogedor y entusiasta; el cinismo de él, provocador, dibuja un país atrasado, incapaz de avanzar a causa de las trabas burocráticas y la indolencia.

Ahora bien, sería un error considerar esta magnífica novela de Muñoz Molina como un libro solo sobre la guerra española, o únicamente una radiografía social de una ciudad, Madrid, en una situación crítica. El escritor jiennense enlaza con gran destreza ese componente histórico con la forja del carácter de Abel, con su manera de responder ante lo que rodea, que el narrador trata de dilucidar a través de los continuos saltos temporales y la confrontación con otros pulsos vitales. Aquí está, a mi juicio, el verdadero leitmotiv de la obra: en cómo asume el arquitecto la irrupción de Biely, una explosión mucho más estridente que el estallido bélico, y va esquinando poco a poco a Adela, la sufrida esposa, separados como están por un muro impenetrable. En cómo este tibio (el mayor enemigo de los fanáticos, se dice en un genial pasaje) desconfía de la vehemencia ideológica y las llamadas a los cuchillos. En cómo alberga una mezcla de compasión y desapego culpable hacia las barriadas y las gentes de las que él mismo procede, en lo que constituye una versión transgresora de la lucha de clases.

En su indagación, el autor nos regala brillantes diálogos y reflexiones. Se perciben simpatías y fobias del autor, pero la novela no cae en el maniqueísmo. Hay descripciones brillantes, de las que harían sonreír con deleite a Galdós, e imágenes que erigen por sí solas un relato. Aquellas cenas sumidas en la tiniebla, las miradas de rencor de una madre que no duerme en el sueño americano, que añora la Rusia de los zares y la nobleza perdida; la lágrima del padre al marchar su hija Judith a Europa, un instante que quizá reconcilie al lector con un personaje turbio. El asombro del profesor Rossman, luz y mártir del conocimiento, de la pasión por el saber; los objetos en los bolsillos, el frío en el aula. El saludo respetuoso de Eutimio, capataz e íntegro socialista. Las pisadas, los sonidos de la calle, que resuenan en el oscuro sótano donde el niño Abel se afana en el estudio; el carro que trae un cadáver. El tiempo que se consume entre los dos amantes, que se pierde al caer el día.

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