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Archive for the ‘Entrevistas’ Category

Sergio del Molino (fuente: heraldo.es)

Ha escrito una historia potente, muy sugerente, con personajes que se mueven entre el absurdo y las vaporosas aspiraciones que les envuelven, siempre detrás de un sentido para sus vidas que nunca saben dónde se esconde. Quizá, solo quieran escapar, como sea, de su realidad. El precio es lo de menos.

Sergio del Molino, periodista, madrileño de nacimiento y zaragozano por residencia, ya había publicado un libro de relatos (Malas influencias), un ensayo (Soldados en el jardín de la paz) y una compilación de artículos (El restaurante favorito de Nina Hagen). Este año ha entrado con buen pie en el reino de la novela, con No habrá más enemigo (Tropo Editores), deliciosa ficción acerca de la cual quería hacerle algunas preguntas.

 

-En primer lugar, enhorabuena por la novela. Ha recibido buenas críticas. ¿Llevaba mucho tiempo con la historia en la cabeza, antes de pasarla al papel?

Suelo pensar y madurar mucho los libros antes de ponerme a escribirlos. Puedo trabajar sobre intuiciones o páginas escritas en un momento de iluminación, pero, cuando me siento a redactar en serio, he meditado mucho sobre lo que quiero escribir. En este caso, llevaba años buscando la forma de plasmar mis sentimientos sobre las relaciones entre padres e hijos. Fracasé varias veces, y no sé si No habrá más enemigo es un éxito en ese sentido, pero sí que es la manera menos imperfecta o más literariamente compleja que he encontrado de abordar un tema que me ha preocupado y ocupado durante años.

-Vemos a dos seres, Lenín y León, deseosos de experiencias. Podríamos decir que el autor toma el aburrimiento vital, existencial, como motivo central de su relato. ¿Vamos bien encaminados?

Pudiera ser, quizá sea su motivación más fácil de explicar, pero no tiene por qué ser necesariamente esa la razón. No sabemos, yo tampoco, por qué Lenín y León hacen lo que hacen. La ausencia de motivación es deliberada y transmite mi propia incomprensión del mundo. Conforme crezco, entiendo menos eso que antes se llamaba, en buen marxismo, la realidad. Me resulta muy difícil justificar y encontrar un sentido a la mayoría de los actos de la vida de las personas, incluyéndome a mí mismo. No hablo sólo de los grandes hitos, de las magnitudes históricas (el porqué de la crisis, de las guerras, de la miseria, etcétera), sino de la realidad en su tono menor: ¿por qué las personas se casan con parejas a las que detestan?, ¿por qué firman hipotecas a cincuenta años?,¿por qué tienen hijos que no quieren tener? En definitiva, ¿por qué persiguen con tanto esfuerzo unas vidas que saben de antemano que no les van a hacer felices? Creo que Lenín y León quieren rebelarse contra la inercia, que ha demostrado ser una fuerza tan incomprensible como poderosa. Lenín, contra la inercia hipotecaria, pues ha comprado un chalet en el que no quiere vivir, y León, contra la inercia laboral, contra un trabajo que detesta y que le obliga a ser lo que no es. El problema es que ninguno de los dos sabe cómo huir de sus respectivas realidades, de ahí lo absurdo de su comportamiento y por eso deviene en desastre. Pero, quizá, estoy haciendo muchas suposiciones en forma de falsas claves ocultas de la novela. Prefiero que el lector encuentre sus propias razones y sus propios mecanismos de causalidad.

-En la ansiedad de ellos se cruza ella, Alejandra, que tiene un menor protagonismo, no habla tanto con el lector, pero que, salvo al principio, siempre está presente de alguna u otra forma. ¿No es cierto que actúa como pivote de la narración?

Alejandra es verdugo y víctima al mismo tiempo. A veces, cuando es vista a través de los ojos de Lenín, es un arquetipo de amor platónico, romántico y trasnochado. Una especie de becqueriano reflejo de luna. Con los ojos de León, en cambio, gana en matices, se vuelve vulnerable, muy frágil. En la parte final, con los ojos de un narrador sin cara, parece una mezcla de ambas visiones, peligrosa y víctima. Es el objeto necesario de las pasiones de Lenín y León y, a la vez, tiene una entidad propia, de chica perdida. En el fondo, como dice Herzen, es una de esas chicas de las canciones de amor del pop. A mí me gusta mucho Alejandra. Probablemente, sea el único personaje del libro con el que me tomaría una cerveza. Su función no es solo instrumental, tiene carne propia.

-Hablábamos antes de la abulia. Pero hay otro tema, el conflicto generacional, que da sentido a la obra. Es claro en el caso de Lenín, aunque también se observa en Alejandra, marcada por el gris del edificio militar. ¿Por qué esta flecha hacia la figura del padre?

Porque a mí me preocupa mucho y me seduce como tema literario. Quizá porque no tengo pedigrí ni linaje, me gustan mucho las sagas literarias en las que se novela el patriarcado y se retratan padres severos y distantes que marcan el carácter de los héroes. Se ve muy bien en Tolstoi, pero también en las memorias de muchos escritores ingleses, como Evelyn Waugh, que transmiten una mezcla complejísima de admiración, miedo, respeto y rencor hacia sus padres. Unos padres que, generalmente, son unos grandísimos hijos de puta. El padre de Waugh, por ejemplo, sólo se dejó ver en la infancia de su hijo para gritarle que no hiciera ruido mientras jugaba y que le dejara dormir la siesta. No supo nada más de él salvo esos gritos atronadores que le mandaban callar. Yo quería mezclar esa rica tradición literaria (un tanto abandonada, quizá) con mi propia experiencia como hijo. Que el padre de Alejandra sea militar y viva en un severo edificio gris me sirve para acentuar este aspecto que tanto me interesa.

-Aparecen enfrentados dos tipos de amor: el estable, el tranquilo, representado por Nadejda; y el desenfrenado, salvaje, orgásmico, ¿onírico?, que ofrece Lola. ¿Es que tenemos que elegir entre uno de los dos?

Esto, en realidad, es un guiño explícito a una de las referencias más reiteradas en la novela: el cine de David Lynch. Especialmente la primera parte está llena de citas al universo de Lynch. Y me extraña que muchos críticos hayan cazado referencias mucho más oscuras y escondidas pero hayan obviado la más clara. En un momento dado, Lenín y León citan explícitamente el argumento de Blue Velvet, en el que un adolescente tiene que elegir entre el amor de una dulcísima y muy ñoña (y muy rubia) Sandy, y el de la muy voluptuosa, muy oscura, muy trágica y muy triste (y muy morena) Dorothy, interpretada por Isabella Rossellini. Lynch juega con un tópico muy viejo, pasión contra razón, rebeldía contra conservadurismo, valentía contra cobardía. Es muy viejo y muy trillado, pero a Lynch le sirve como puerta para activar un mundo mágico donde las convenciones narrativas se dislocan y revelan su inutilidad para comprender de verdad la historia. Porque lo de menos es comprenderla. Eso es lo que me interesaba a mí al jugar con esa dualidad tan manida, que tiene su reflejo en otras dualidades: la de León y Lenín, la de Alejandra y Lola y, más simbólicamente, en los colores rojo y negro de las cartas del póker. Es un juego de sugerencias, un baile, una invitación a dejarse embrollar y una manera de anclar mi novela en una tradición onírico-lúdica en la que me siento muy cómodo y muy reconocido.

-En el libro utiliza una jerga sexual poco frecuente en las novelas, pero sí en la calle, en el día a día. ¿Ánimo de provocación, o solo de mayor realismo, de naturalidad?

No creo que ningún adulto, en el año 2012, pueda sentirse provocado por un contenido pornográfico. La jerga sexual que uso no es ajena a la literatura. Quizá sí lo sea a cierto tipo de narrativa española, porque muchos escritores españoles tienen una grave incapacidad para construir escenas eróticas y pornográficas convincentes. De hecho, hay una rica tradición literaria pornográfica en la que mi novela se inspira, pero no es una tradición española. Ahí están Henry Miller o Charles Bukowski, dos excelentes pornógrafos mucho más salvajes de lo que yo seré nunca. El sexo es importante en la novela porque lo es para uno de sus protagonistas, y me preocupaba mucho escribirlo bien. Me esforcé un montón en la construcción de los relatos sexuales, quería que sonaran húmedos y lascivos, que no pasaran inadvertidos, que transmitieran cierta verdad. Espero haberlo conseguido.

-Hay un personaje que me ha llamado mucho la atención. Se trata del heavy Irigoyen, que parece estar dotado de un cierto carisma, a pesar de su disoluta vida. A la hora de dibujar al pintoresco locutor radiofónico, ¿predominó el propósito burlesco, o hay también algo de dramático en este “marginal por vocación”, condición compartida con Herzen?

No sé si Irigoyen es heavy o simplemente se viste en el ropero de Cáritas, aunque le guste Black Sabbath. Irigoyen es un personaje esquinado y bronco, puede que tragicómico. Está inspirado en una persona real, al igual que el pintor Herzen, aunque yo les he dotado de unos rasgos instrumentales y propios que no se corresponden con nadie. Herzen y él son los personajes más libres, y los que sufren su propia libertad, tienen que vivir con ella. Son espejos en los que los protagonistas pueden mirarse.

-Dos ciudades: Madrid y Zaragoza, que reivindican su papel en la novela. Desde luego, la imagen que se nos ofrece de ambas no es muy simpática. ¿Quiso acompasarlas con el devenir de los protagonistas?

Las ciudades y, en general, los paisajes de la novela son proyecciones del estado de ánimo de los protagonistas. Aparecen como las dibujan ellos mismos: hostiles, asfixiantes, irrespirables. En general, me gusta construir los espacios como reflejo de las personalidades que los habitan. No es que estén acompasadas a ningún devenir, es que son parte de ellos mismos, un vehículo más de su expresión.

-Un largo viaje en coche, dos sombras detrás…Parece que el relato no tiene un final cerrado, o al menos deja la puerta abierta a la imaginación, a una hipotética continuación.  ¿Era esa su intención al comenzar a escribir, terminar así, de esa forma brumosa?

Alguien me dijo una vez que los finales cerrados son una muestra de mala educación, que son casi un insulto al lector. Y hay algo de verdad: cerrar y compactar todas las tramas de una novela presupone cierta infantilización del lector. Es como si el autor no lo considerara lo bastante inteligente o lo bastante maduro para detener el relato sin que todas las preguntas queden respondidas. A mí, como lector, me gustan las novelas abiertas y centrífugas, y detesto los puzles demasiado centrípetos, en los que cada cabo encuentra su nudo. La literatura que me interesa está hecha de sensaciones y de intuiciones, mucho más que de certezas. Por eso todo queda abierto. Quizá me he pasado abriéndolo mucho más de lo que un lector medio está dispuesto a tolerar, pero sentía la necesidad de que No habrá más enemigo se quedara suspendida en el polvo de esa tarde yucateca de la última escena. Es una novela que trata sobre la incomprensión del mundo, por lo que ella misma tiene que ser hasta cierto punto incomprensible. Si no, se estaría contradiciendo, estaría diciendo que ese mundo que a mí me parece incomprensible puede comprenderse en realidad. Y yo no creo eso.

-Después de esta primera novela, que ha tenido una buena acogida, ahora viene la segunda, la que dicen es la más difícil. ¿Siente vértigo? Ya de paso, ¿podría adelantar un poco de su contenido?

Mi siguiente libro no es exactamente una novela porque no es una obra de ficción, aunque en su estructura y forma cumple los requisitos mínimos del género. Pero es más lo que los franceses llaman un memoir, una obra autobiográfica. Se titula La hora violeta, y es un libro que no hubiera querido haber escrito nunca, pues cuenta el año en el que perdí a mi hijo Pablo. En cierto modo, es una carta de amor a mi hijo, aunque yo la escribí con el propósito de dar forma a mi dolor por su muerte. No con la intención de entenderlo o de eliminarlo. No soy tan ingenuo. Simplemente, pensaba que, si le daba forma de libro, sabría cómo era esa cosa tan áspera y dura que me rompía por dentro. En el fondo, quizá, simplemente respondí ante lo peor que me podía pasar en la vida de la única manera que sabía responder: escribiendo. Porque, si me quedaba alguna duda, soy escritor y no sé hacer otra cosa que escribir. El libro saldrá este mes de marzo en la editorial Mondadori y ya he firmado una traducción al italiano que se publicará también en 2013.

 

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Fernández Enguita (fuente: elpais.com).

Cuando en España se habla de educación, en broma o en serio, la queja y el desaliento están servidos. Es casi un tic patrio. Y llevamos así unas cuantas décadas, si no siglos. El mal nacional por excelencia.

Sobre tema tan complejo, qué mejor que consultar a alguien que dedica su vida profesional al mismo, como docente y como investigador. Catedrático de Sociología, Mariano Fernández Enguita imparte clases en la Universidad Complutense de Madrid. Es uno de los especialistas más reputados en nuestro sistema educativo, que hoy, quizá más que nunca, con los recortes presupuestarios y las consiguientes movilizaciones, vive días convulsos.

 

– ¿De dónde le viene este interés por las cuestiones pedagógicas?

Como investigador me interesan las cuestiones educativas, no las pedagógicas propiamente dichas, salvo en la medida en que influyen sobre las oportunidades de las personas, el funcionamiento del sistema, etc. Lo que sucede es que, a diferencia de buena parte de la sociología, hace tiempo que descendí al nivel micro y que entré en las relaciones en centros y aulas, lo que supone un terreno de encuentro con la pedagogía, los curriculum studies, etc. Me interesa la pedagogía, eso sí, como docente, pero yo enseño en la Universidad, donde los alumnos son voluntarios, adultos, comparativamente acomodados y siguen sus intereses, y el sistema ha de ser meritocrático y selectivo, lo cual no es el caso de la enseñanza obligatoria.

– En distintas comunidades autónomas tienen lugar movilizaciones sindicales y ciudadanas contra lo que se considera un ataque a la enseñanza pública. ¿Ve usted tal agresión?

El lenguaje de la agresión es un lenguaje algo paranoico y autojustificativo, que hace sonar los tambores para unir a la tribu (al gremio) y dice al resto de la sociedad que, si la cosa funciona mal, será culpa suya, no nuestra. Hay un claro conflicto pública-privada, pero no es unilateral ni unidireccional. El funcionariado, si pudiese, se expandiría sin límites, y presiona para que las autoridades públicas limiten la expansión de la privada, incluida la concertada, aunque sea en oposicion a la demanda de las familias. Aquí no hay santos ni mártires.

– Entonces, ¿asistimos a un conflicto, más o menos soterrado, entre la escuela pública y la concertada-privada?, ¿o se trata de una impresión mía, exagerada?

Ese conflicto siempre ha existido y existirá. Una batalla entre funcionarios y empresarios.  Detrás hay otras, más relevantes, coma la disyuntiva entre escuela laica y confesional, entre una red de centros socialmente heterogéneos en su interior y socialmente homogéneos entre sí o al revés, entre proyectos responsables de centro y administración burocrática, pero se desdibujan tras un sencillo conflicto de intereses: unos quieren más plazas y otros más subvenciones, todos para seguir haciendo lo que hacían.

– Nuestro sistema educativo es observado, por lo general, con un indisimulado pesimismo. Cada vez que se publican los estudios comparativos de la OCDE nos echamos a temblar. ¿Tan mal estamos?

No estamos tan mal, sólo ligeramente por debajo de la media o la moda. Lo que importa, estadísticamente hablando, es nuestra desviación en relación con la desviación típica, no nuestro lugar en el ranking (podríamos ser los últimos a unas décimas o los segundos a años luz del primero). Lo preocupante es que no seamos capaces de reaccionar, que permanezcamos instalados en la mediocridad, sea desde la autocomplacencia o desde el nihilismo.

– El ex ministro Ángel Gabilondo estuvo cerca de lograr un pacto de Estado. Al final, no lo consiguió. ¿Por qué?, ¿nos falta grandeza?, ¿o acaso no sería muy necesario el acuerdo?

Visto desde la distancia, casi diría que no le interesaba a nadie. Las comunidades autónomas, sobre todo las de mayores competencias, no querían nada que oliera a Estado. Los sindicatos no querían más que la jubilación anticipada y alguna otra gabela. El obispado, más conciertos, automatizar su concesión e imponer la enseñanza de la religión. El PP, desgastar al gobierno de entonces. IU, complacer a los profesores. Y los padres, alinearse con su sector, público o privado.

– De un tiempo a esta parte se habla con insistencia de la necesidad de reforzar la autoridad del profesor, para hacer frente a los problemas de comportamiento en el aula. ¿Estima preciso avanzar en esa dirección?

Yo creo que el profesor debe estar dotado de autoridad, pero no me parece que el problema resida ahí. La normativa que tenemos es suficiente, sólo hace falta aplicarla. Y creo que los problemas mayores de disciplina y convivencia proceden en buena medida del laxismo con que se abordan los problemas menores, lo cual a su vez tiene que ver con el enroque de muchos profesores en la estricta docencia, la debilidad general de las direcciones y la banalidad de demasiados proyectos de centro.

– Me parecen interesantes sus reflexiones en torno a la conveniencia de introducir una evaluación más eficaz del trabajo realizado en las escuelas, de manera que la labor de los mejores profesores, los más comprometidos, sea premiada, incentivada, destacada. Pero, ¿cómo distinguimos al buen y al no tan buen docente, teniendo en cuenta la diversidad de centros y de alumnos?

Podemos distinguirlos sin mucha dificultad por su carga de trabajo: cumplimiento horario, asunción de responsabilidades no docentes, formación continua… Podemos evaluar la calidad de ese trabajo como proceso: proyectos, programaciones, desempeño en su propia formación… Y podemos evaluar los resultados teniendo en cuenta el punto de partida diferencial, es decir, evaluar el valor añadido: rendimiento de los alumnos en pruebas objetivas, nivel de convivencia, etc. En realidad, todos tenemos una visión más o menos holística de cómo lo hacen nuestros colegas; el problema es dotarla de cierta objetividad sin caer por ello en un paripé ni en baremos fácilmente trampeables y traducirla en un sistema de incentivos que potencie la responsabilidad, la iniciativa y la cooperación, sin neurotizar el ambiente.

– Cualquier profesor conoce a algún chaval que, con catorce o quince años, solo espera, desmotivado y ansioso, que por fin llegue el día en que no tenga que ir al instituto. ¿Qué justificación nos queda para mantenerlo “encerrado”, cuando, en no pocas ocasiones, su desidia supone un lastre para la convivencia y el aprendizaje de los demás?. ¿por qué, llegados a un punto de difícil retorno, seguimos insistiendo con las Matemáticas o la Lengua?, ¿no hay una salida más digna, más adecuada, para este alumno, como un taller donde adquiera las destrezas de un oficio?

Esos casos siempre existirán, pero la comparación con otros países nos dice que pueden ser excepcionales, muy, muy minoritarios, no los tres o más de cada diez que algunos querrían quitarse de encima; y la comparación con nosotros mismos en el tiempo también nos dice que la misma cosa se planteaba hace treinta años, pero con los de doce o trece. La pregunta es otra: ¿cómo hemos llegado a provocar tanto rechazo o desapego?, ¿por qué  hay  tanta variablidad entre centros, incluso entre asignaturas? Yo creo que la inmensa mayoría de los alumnos reunen las condiciones para alcanzar el éxito, pero para eso hacen falta una enseñanza menos encerrada en si misma, buenos proyectos de centro y profesores formados y responsables, sin excepción. Cuando tengamos eso será el momento de preguntarnos qué hacer con los alumnos residuales.

 

 

 

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Francisco Rubiales, impartiendo una conferencia (fuente: filosofiadigital.com).

Lleva tiempo denunciando la degeneración del sistema que nos gobierna. Considera que aquello que en la antigua Grecia se llamaba democracia, hoy no es más que un burdo sucedáneo, administrado por los todopoderosos y corrompidos partidos, que han olvidado su originaria función de representar las diversas voces del pueblo y de estimular la participación de los ciudadanos en la política, para convertirse en un fortín de prebendas, alejado de la vida real, y repleto de mediocres al servicio del dictado del líder.

Francisco Rubiales, periodista, ha sido corresponsal de guerra, director comercial y de informativos especiales de la Agencia EFE, y responsable de comunicación de la Expo 92. Actualmente, preside el grupo Euromedia y es miembro de la Junta Directiva de la Asociación para el Progreso de la Comunicación, con sede en Sevilla. En sus libros (Democracia secuestrada, Políticos, los nuevos amos, Periodistas sometidos. Los perros del poder) y en el blog “Voto en blanco”, sostiene la necesidad de fortalecer la sociedad civil, para hacer frente a un poder político degradado.

– Si estuviera en su mano, ¿cuáles serían las tres primeras medidas que tomaría para acabar con esa “oligocracia” en la que, asegura, vivimos, y donde el pueblo ha sido sustituido por la elite, y el poder es un privilegio y una fuerza irresistible?

La primera medida sería reorganizar el sistema para convertirlo en una democracia de ciudadanos. Habría diez cónsules, elegidos directamente por los ciudadanos entre gente independiente, con probado prestigio y sin pertenencia a partidos, que tendrían los poderes delegados del pueblo para vigilar con autoridad al sistema, con especial énfasis en el Gobierno, la Justicia, el Parlamento, las grandes instituciones y los funcionarios. La segunda medida sería obligar a los partidos y sindicatos a que se financien con sus propios ingresos. La tercera medida sería reescribir la Constitución, la Ley electoral y el Código Penal para que respondan a criterios democráticos y justos. Todas las medidas se orientarían a instaurar una verdadera democracia de ciudadanos, no una dictadura de partidos, como el actual sistema vigente en España.

– Pongamos que un amigo le confiesa su intención de participar en un partido político, ¿qué le aconsejaría?

Se lo desaconsejaría porque, en las actuales circunstancias, los partidos se corrompen inevitablemente, y corrompen a sus miembros.

– Tiene una confianza envidiable en la responsabilidad del pueblo. Pero, dígame, ¿quién no escurre el bulto en la comunidad de vecinos o en la mesa de trabajo?, ¿cuántas personas conoce que pertenezcan a alguna asociación?, ¿y que hable de política sin crisparse y sin recurrir a tópicos?, ¿cree de verdad en el éxito de los “cafés ciudadanos” que propone en su ensayo Políticos, los nuevos amos?

Los ciudadanos se forman en el ejercicio del poder. Establecería un sistema de sorteo, como en la Grecia Clásica, para que determinados ciudadanos que se ofrezcan voluntariamente y estén capacitados ejerzan puestos públicos, como los de concejales, directores de departamentos y otros muchos. El objetivo de esa auténtica participación es fomentar la responsabilidad y la participación ciudadana. El actual sistema está orientado a alejar a los ciudadanos del ejercicio del poder, dejándolo como monopolio a los partidos. Así no se forman ciudadanos sino gente despolitizada, fanatizada y ajena a la cosa pública. El ciudadano es una persona responsable, interesada en la cosa pública, libre, cooperativa e incapaz de delegar lo que es indelegable: su voluntad política. Los ciudadanos dignifican y otorgan solvencia al sistema. Sin ciudadanos y en manos de políticos profesionales, la política siempre es un abuso y un vertedero.

– Estoy seguro de que muchos promotores del movimiento 15-M firmarían sus razonamientos en torno a la necesidad de una democracia real. ¿Se sentiría cómodo con esta identificación?

Me sentiría cómodo si descubriera que el movimiento responde a criterios propios y no está manipulado por agitadores profesionales enviados por partidos de izquierda.

– Sostiene que la prensa está dejando de ser un poder independiente y fiel a la verdad, lo cual supone un lastre para el sistema democrático. ¿Es esta una situación reversible?

No es reversible, salvo que cambie el sistema de manera drástica. La prensa está entregada al dinero y el dinero le llega del poder político, que lo sustrae de los impuestos de manera delictiva. Mientras subsista el sistema como está, corrompido y viciado, la prensa estará al servicio del dinero y eso significa que estará sometida a los poderosos, no sólo a los políticos, sino también a las grandes empresas y conglomerados de intereses.

– El fortalecimiento de la sociedad civil ha de empezar, sugiere, desde la más temprana edad. En este sentido, me imagino que verá con buenos ojos iniciativas como la asignatura de Educación para la Ciudadanía…

Educación para la Ciudadanía no pretende formar ciudadanos sino a gente adicta al sistema y sometida. Formar ciudadanos es otra cosa. Además, las directrices y contenidos de esa asignatura vienen marcados por el núcleo del poder, que está corrompido y es antidemocrático. Educación para la Ciudadanía es una buena idea, pero siempre que respondiera a un poder decente y democrático, algo que no ocurre en España.

– Tanto el PP como el PSOE ya han anunciado que, de cara a las elecciones generales de noviembre, emplearán las redes sociales para conocer las preocupaciones de los ciudadanos y servirse de sus aportaciones. ¿Una buena noticia, reflejo de una nueva etapa en la comunicación política, o mero gesto de campaña?

Creo que mero gesto de campaña, una iniciativa para ganar votos y comprar voluntades que no responde al deseo de libertad ni al interés por el debate libre y la verdad. De hecho, casi todas las páginas de políticos y de partidos en la red están censuradas y no admiten críticas. Como todo poder totalitario y antidemocrático, el de nuestros partidos, forjados en hornos sin democracia interna, sin debate y dominados por el sometimiento al líder, tiene miedo a la libertad y, sobre todo, a la verdad que emana del debate libre.

– ¿Es la corrupción una enfermedad curable?

Sí, es curable, pero con cirugía intensa y cambiando de hospital. En el actual, dominado por partidos políticos sin control y por políticos profesionales casi plenamente impunes, no hay garantías y la corrupción es la moneda común que emana del sistema.

– ¿En qué puede desembocar el cada vez mayor distanciamiento, que usted denuncia, entre los políticos y los ciudadanos?, ¿corre peligro la concepción democrática del Estado?, ¿o precisamente esa brecha provocará que la voz de la gente tenga que ser escuchada con más atención?

Puede desembocar en la rebeldía ciudadana y en una lucha que incline el poder del lado de la decencia y del pueblo libre y democrático, pero puede también inclinarse del lado del poder y continuar agrandándose la brecha que separa a los que mandan de los que obedecen. En este caso, cada día será más complicado seguir llamando “democracia” a esta pocilga.

– Llama a la rebelión de los ciudadanos frente a los políticos “depredadores”, mezquinos, que no responden a los intereses de los electores, sino de su partido. ¿Confía en un levantamiento pacífico?

Confío en un incremento constante de la rebeldía, de las ansias de democracia y de las exigencias éticas. Acabamos de lograr una gran victoria obligando al infecto Zapatero a retirarse, pero esa ha sido sólo una pequeña escaramuza. Quedan muchas batallas en las que la libertad y la opresión, como ha ocurrido desde el principio de los tiempos, se enfrentarán. De cualquier manera, confiar en la victoria o no es lo menos importante. Lo importante es pertenecer al ejército del bien y luchar contra las legiones del mal, en este caso representadas por los políticos que han corrompido la sociedad y el sistema. La meta no está en la victoria sino en la lucha misma. El día que creamos que hemos ganado, empezaremos a perder. La vida es una lucha permanente contra indeseables y canallas, muchos de ellos, para desgracia de la Historia, instalados en el poder.

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David Russell, minutos antes de comenzar el concierto (fuente: Festival de la Guitarra).

En sus manos, Bach, Haendel, Vivaldi, Albéniz, reviven. Escocés afincado en España, pasea su genio artístico por las plazas más prestigiosas del mundo. Miembro de la Royal Academy of Music de Londres y ganador de un Grammy en 2005 como mejor solista instrumental en música clásica, este guitarrista de renombre internacional tiene en su haber también ser hijo adoptivo de Es Migjorn Gran, la ciudad de Menorca donde creció, y tener la medalla de plata de Nigrán, municipio gallego en el que actualmente reside. Hablamos de David Russell, quien ha vuelto a participar este año en el Festival de la Guitarra de Córdoba, donde, asegura, se siente como en casa.

Apuro el zumo de naranja mientras espero a que el músico conceda un descanso a sus alumnos del curso que imparte en el Palacio de Congresos, enmarcado en el programa formativo del certamen veraniego. Por fin, Russell, sonriente, a pesar de que le voy a privar del tentempié, me lleva a la sombra que ofrece la entrada al monumental edificio, huyendo de un sol que empieza a incordiar en esta hora del mediodía. Charlamos sobre su técnica interpretativa y sobre el momento que vive la guitarra clásica. Para mí, todo un sabroso aperitivo. El manjar vino a la noche, con el concierto que el afable y virtuoso artista brindó en el Teatro Gongora.

– ¿Cómo surgió su idilio con la guitarra clásica?, ¿por qué se decantó por este instrumento y por este estilo?

Crecí rodeado de música clásica, no solo de guitarra. Mi padre la tocaba como amateur. Él me enseñó al principio, y más o menos me salía bien. Y claro, cuando eres niño y haces algo bien, te animan a seguir haciéndolo. De repente, me di cuenta de que tocaba mejor que los demás, que el resto sabía acompañar sus cuatro canciones, mientras que yo podía puntear. Después, llegó un momento en el que tenía que decidir si iba a hacer el Bachillerato en Escocia. Yo no quería ir a la escuela allí, mi familia estaba en Menorca. Mi padre me dijo que bueno, pero que no iba a estar ahí sentado sin hacer nada. Fue entonces, con 14 años, cuando me lancé a estudiar para ser músico.

– ¿Cómo es el David Russell profesor?, ¿qué intenta transmitir a sus alumnos?

Disfruto mucho dando clases, si bien no las doy de manera regular. Intento compartir mi entusiasmo por el instrumento y mis conocimientos de la técnica. Depende del nivel del alumno, a veces nos quedamos en lo básico, en cómo mover los dedos. Si este paso ya está dado, entonces podemos entrar en la expresión, cómo llevarla al público.

– ¿Cuáles son los criterios que sigue para elegir las partituras que estudia, interpreta y luego graba?, ¿tiene algún plan definido?

Ahora necesito planificarme, pues dispongo de menos tiempo para ir aprendiendo las obras. Entre ahora y diciembre, voy preparando el programa para el año que viene. Normalmente, tengo un solo programa para toda la temporada. Antes llevaba varios a la vez, pero había menos conciertos. Ahora bien, yo leo mucha música, a veces alguien me trae una pieza en clase, y me intereso por ella. Nunca se sabe.

– Y para los conciertos, ¿varía mucho el programa de una ciudad a otra?, ¿cómo influye el escenario y el tipo de público a la hora de seleccionar las piezas que ejecuta?

Si voy a tocar en un festival grande como este, o en una ciudad importante, suelo optar por obras más fuertes, más difíciles. Pero a mí, en general, no me gusta despreciar al público, darle piezas fáciles o ligeras porque considere que no entienda lo grande. Porque quien va a un concierto clásico, sabe que no va a una “pachanga”. En mi pueblo interpreto a Bach y a Haendel.

– ¿Qué parte de su trabajo le gusta más: la del concertista o la del músico que publica discos?

La del concertista. Aunque yo he tenido la suerte de grabar casi cada año, los discos son puntuales. Mi trabajo es dar conciertos. También disfruto grabando, pues la grabación nos permite a los músicos legar nuestra obra. Cuando yo ya no pueda mover los dedos, pues mira, tendré una muestra de cómo tocaba. Por ello le doy importancia también.

– Me imagino que alguna vez habrá dejado una pieza por imposible. ¿Es decepcionante darse cuenta de que una melodía no le provoca el placer necesario para hacerla suya?

Sí, duele invertir dos semanas de duro trabajo y ver que eso no tiene futuro. No suele ser por razones técnicas, porque más o menos puedo apañarme para tocar todo. Pero hay veces en las que simplemente no conectas con la obra o sientes que no lo haces bien. Entonces hay que soltar la pieza, y no pasa nada. Para cada cuatro obras que interpreto en directo, tengo que aprender seis, porque en algunas no llego al nivel que yo quiero.

– ¿Qué lugar ocupa hoy la guitarra en la música clásica? Parece que aún no está del todo integrada en las orquestas…

No, y nunca va a estar integrada. Porque el gran repertorio clásico de la orquesta, especialmente de los siglos XVIII y XIX, no tiene guitarra. No vamos a meterla en una sinfonía de Mozart. No existe, y ya está. Simplemente, hay que aceptarlo. Otra cosa es que en la música contemporánea nos vayan incluyendo más los compositores, lo cual también depende del empuje de los guitarristas. De todos modos, prefiero no quedarme con la parte negativa, que no somos parte de la orquesta. Mejor es considerar que tenemos más posibilidades de estudiar guitarra en los conservatorios, que cualquier otro instrumento, a excepción, posiblemente, del piano. Sigue habiendo mucho deseo de aprender música clásica para guitarra, sobre todo en España.

Por otro lado, existe en nuestro repertorio una zona gris, que no es clásica, donde te vas acercando al folclore, y hacia otros estilos, como el flamenco, que los clásicos más puristas dejan de lado. Incluso nuestro público suele ser más amplio y heterogéneo del que disfrutan otros instrumentos. No es muy difícil encontrar a alguien al que le guste la música pop y vaya a un concierto de guitarra clásica; más complicado es que esta persona vaya a la ópera.

– ¿Es usted muy estricto en su repertorio?

Aunque yo no sepa tocar una bulería, en muchas piezas de guitarra clásica tenemos que hacer algún rasgueado. Es un mínimo contacto con el flamenco, por ejemplo, sin que yo sea un experto en este estilo, ni mucho menos, pero conozco lo suficiente para que una composición de Rodrigo no suene mal. Cada uno pone sus propios límites. Roland Dyens, que también participa en el Festival, ha tocado jazz e improvisa muy bien. Su zona gris, en esa dirección, es mucho más amplia que la mía. Él hace cosas en las que yo me siento incómodo. Y habrá otro punto donde yo me mueva mejor.

– ¿Cuál es su época musical preferida?, ¿algún compositor predilecto?

La música barroca me satisface mucho. Pero no voy a dar un concierto entero de esta época, porque tampoco me gustaría a mí escuchar a otro interpretando solo piezas barrocas. El año pasado grabé música de Albéniz, y me lo pasé fenomenal. Fue una auténtica revelación.

– Hablando de Albéniz, ¿encuentra algún rasgo peculiar de la música clásica española?

La guitarra tiene una conexión muy directa con la música española. Por supuesto que Albéniz suena muy bien en piano, pero sus piezas son muy trasladables a la guitarra. En algunas de sus grandes obras, como Iberia, metió demasiadas notas [risas]. Para que quede bien en guitarra, tenemos que diezmar la pieza, y es una pena. Composiciones como estas no las toco. Sin embargo, hay otras que, casi sin quitar notas, se ajustan a la guitarra, la cual añade brillo a la melodía.

– En el proceso interpretativo, ¿qué margen hay para la expresión personal?, ¿hace un esfuerzo consciente por imprimir su sello en la música que lleva a las cuerdas?

No, pero el sello acaba surgiendo. Yo no voy buscando mis “rarezas”, pero sí la manera de dar carácter a la música. Es importante hallar la forma de transmitir una idea sobre una pieza determinada.

– Por último, ¿no se cansa de tanto viajar con la guitarra a cuestas?

A veces sí. Pero mi mujer siempre viene conmigo. Hacemos nuestra vida en hoteles, y lo pasamos bien.

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Carlos Rodríguez Braun (fuente: elcultural.es).

Azote de burócratas, Carlos Rodríguez Braun (Buenos Aires, 1948) es uno de los economistas liberales más aclamados de España, país al que llegó en la época de la Transición, dejando atrás la dictadura argentina. Ya en Madrid, el magisterio de su amigo Pedro Schwartz fue determinante para que se convirtiera en un defensor a capa y espada de las libertades del individuo frente al intervencionismo estatal.

Doctor en Ciencias Económicas y catedrático en Historia del Pensamiento Económico por la Universidad Complutense, ha publicado una docena de libros y cientos de artículos académicos en las revistas más prestigiosas de su especialidad. Es un asiduo conferenciante, y hace muchos años que ejerce la actividad periodística. Hoy escribe en La Razón, Libertad Digital, Actualidad Económica y Expansión, y colabora en Onda Cero, en los programas de “Herrera en la Onda” y “La Brújula”. Espacios donde se esfuerza en desnudar las impropiedades que sobre la ciencia de la oferta y la demanda tantas veces se emiten.

Sin embargo, Rodríguez Braun no duda en reconocer que el oficio que más satisfacciones le ofrece es otro: el de profesor. Brillante comunicador, transmite el legado de Adam Smith con pedagógica claridad y fina ironía.

– Doctor, ¿tiene algún amigo político? Debe de ser una relación difícil…

Prácticamente ninguno, porque es, efectivamente, difícil y en mi caso por partida doble. De una parte, no conviene que los periodistas y las personas que estamos con mucha frecuencia en los medios de comunicación anudemos amistad con quien debe ser objeto de nuestra constante crítica. De otra parte, siendo liberal, jamás terminaré de confraternizar con ningún político, porque, al ser todos ellos intervencionistas en mayor o menor grado, entran en incompatibilidad con mis principios.

– ¿Desde cuándo es usted tan liberal? He leído por ahí que hace tiempo coqueteaba con la izquierda.

Efectivamente, fui un joven izquierdista, como tantos otros liberales. Me arrepiento, pero no del todo, porque también me sirvió para aprender las bases y el funcionamiento de los principios, y estudiar la ideología, del socialismo, el más ferozmente antiliberal sistema doctrinal y político de todos los tiempos.

– ¿Qué son esos mercados de los que tanto se habla?, ¿son los culpables de esta crisis?, ¿o más bien se trata de un impreciso chivo expiatorio?

Lo de “los mercados” como agentes perversos es un fabuloso camelo. Primero, la crisis fue causada por las autoridades, no por los mercados, en particular por las autoridades monetarias: el dinero es público y está controlado por autoridades públicas. Segundo, una vez que los gobiernos gestionan mal la crisis, subiendo excesivamente el gasto público en un momento en el que se derrumba la recaudación, su propia política se vuelve insostenible. Digamos, si un gobierno tiene un déficit público del 10 % del PIB y una deuda del 150 %, si tiene problemas para conseguir que los ciudadanos libremente le presten dinero, ¿de verdad se puede sostener seriamente que la culpa de todo es de “los mercados”?

– ¿Cómo saldremos de esta época convulsa?, ¿habrá que refundar el capitalismo, como propuso Sarkozy?

Sarkozy es uno de los grandes demagogos de nuestro tiempo, y una nueva prueba de que la derecha puede ser tan socialista como los socialistas. Todo lo que ha hecho apunta a recortar la libertad de los franceses. Y encima nos viene con esa bobada de “refundar el capitalismo”. Al capitalismo no hay que refundarlo sino dejarlo en paz: pero eso no sucederá, entre otras cosas por culpa de populistas como el presidente galo. En suma, lo único bueno de Sarkozy es, por supuesto, Clara Bruni.

– En el caso concreto de España, ¿cuál es su valoración general de las reformas llevadas a cabo por el Gobierno?, ¿sitúan al país en la buena dirección?

España saldrá de la crisis gracias al ajuste terrible llevado a cabo por el sector privado, y pagado onerosamente al precio de millones de parados y cientos de miles de empresas que han debido cerrar, quebradas. El Gobierno no ha hecho nada para ayudar a los ciudadanos: las famosas “reformas” o el “giro” del año pasado se debe exclusivamente a la increíble irresponsabilidad de los socialistas, que emprendieron una política insostenible y al final, evidentemente, tuvieron que cambiarla.

– Soñar con un Estado Mínimo, ¿no es tan utópico como abogar por el Estado “total”, propio de una sociedad comunista o totalitaria?

Hombre, utopía por utopía, hágame el favor de no comparar. De momento, observe que el comunismo sí se ha aplicado, es decir, desde 1917 hay numerosos países que, con los matices que usted quiera, han aplicado el socialismo, es decir, han agigantado el Estado y recortado la propiedad privada. Más o menos, han alcanzado el logro de cien millones de trabajadores asesinados y decenas de naciones sometidas a atroces dictaduras, desde Cuba hasta Corea del Norte. Visto lo visto, casi mejor pensar en un Estado más pequeñito, ¿no le parece?

– A las claras, profesor, ¿la imposición fiscal es un robo institucionalizado?

Sí. Hace muchos años Bastiat observó que la característica del Estado es que hace cosas que si las hiciéramos los ciudadanos acabaríamos en la cárcel.

– ¿Por qué tiene tan mala prensa la propiedad privada?

Porque está asociada a una comunidad de mujeres y hombres libres, dueños de su libertad y de su destino. Lo que predomina es lo contrario, el sometimiento de las mujeres y los hombres a la coacción política y legislativa, por nuestro bien, claro.

– Sea indulgente, ¿les debemos algún bien social o económico a los herederos de Marx?

Acabo de contestar. Sólo les debemos la oportunidad de haber sido contemporáneos del sistema más criminal que nunca haya sido perpetrado contra los trabajadores en toda la historia de la humanidad.

– ¿Extrae conclusiones del movimiento 15-M?, ¿hacia dónde se dirigirá esta ola de indignación?

Hay excepciones, porque no existe un programa electoral ni nada parecido. Pero propuestas sí que hay. Las lees, y se te cae el alma a los pies. Presumen de ser novedosos, pero estos “indignados” en general comparten las ideas más casposas de la izquierda más casposa. Todo es antiliberal, anticapitalista, etc. Por eso el movimiento puede tener gran éxito, porque la izquierda ha perdido las últimas elecciones y puede perder las próximas. Nada le vendría mejor que apropiarse del 15-M y y tener la pinza clásica del totalitarismo: ideas antiliberales simples y atractivas, y métodos de presión en la calle. Ya han empezado. Creo que seguirán. Igual acabamos en una “piqueterización” de España, en la línea en la que los totalitarios Kirchner han oprimido a millones de argentinos utilizando a los piqueteros como fuerza de choque para violar derechos y libertades. Ojalá me equivoque. Veremos.

– Carlos Rodríguez Braun, ministro de Economía, ¿qué tal le suena?

Pésimo.

– Por cierto, aparte de Rubén Darío, ¿cuáles son sus gustos literarios?

Muy variados, pero nunca habia leído poesía sistemáticamente hasta que, unos años atrás, se me ocurrió ese prólogo poético que “recreo” en La Brújula de la Economía como prólogo de la lectura de la prensa. Mi plan es recorrer toda la poesía de América, empezando por México y terminando por Argentina, y despúes dar el salto a España, como fin de fiesta. De momento estamos en Nicaragua, y Rubén Darío se está casi eternizando porque la crisis económica ha durado mucho. Pero ya he anunciado que, como la dejaremos atrás este año, el gran poeta nicaragüense no se comerá el turrón, saltaremos de país y nos meteremos en Honduras. ¿Querrá esto decir que se nos avecinan dificultades? Estén atentos a Onda Cero.

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Juan Mata (izquierda), junto con el escritor de cuentos Antonio Rodríguez Almodóvar, recibiendo esta semana el premio Washington Irving (fuente: ideal.es).

Su pasión es la lectura, y a ella dedica su vida profesional. En la Universidad de Granada, enseña a futuros maestros cómo contagiar el delicioso virus de la Literatura. Les invita a despojar a los libros de esa aura sagrada que a tantos potenciales lectores ha repelido. Juan Mata, doctor en Didáctica de Lengua y Literatura, se muestra crítico con la manera en la que se intenta inculcar el hábito de leer en colegios e institutos, demasiado apegados, advierte, a la rigidez académica. Reivindica el valor didáctico del juego y aboga por prestar una mayor atención al placer que provoca la interacción reflexiva, verdadera, con relatos y poemas.

Su labor pedagógica, desarrollada no solo en el aula, sino también en bibliotecas y centros cívicos, le valió en 2002 el Premio Andaluz de Fomento de la Lectura. Otro reconocimiento le vino esta semana, cuando la Fundación Granada Educa le concedió el premio Washington Irving, por su larga trayectoria de promoción de la literatura infantil y juvenil.

El profesor granadino publicó en 2009 un libro que habla sobre esa tarea, “ardua y paciente”, de formar lectores: 10 ideas clave: Animación a la lectura: hacer de la lectura una práctica feliz, trascendente y deseable. Estimulantes páginas que me llevaron a plantear algunas cuestiones a su autor.

– ¿Cuándo y por qué empezó a interesarse por las actividades de animación a la lectura?

Como muchas cosas importantes de la vida, fue fruto del azar. Mi primer trabajo me encaminó por casualidad hacia el mundo de la educación, que no entraba en mis proyectos. Mis estudios de filología me orientaban en otra dirección. De un día para otro me vi obligado a abrir los ojos a la realidad de las aulas y comencé a interesarme por lo que allí ocurría. Ese descubrimiento, unido a mi experienca como lector, me fue empujando hacia la comprensión de los procesos de aprendizaje de la lectura y la escritura y, como consecuencia, hacia las razones por las que alguien decide hacerse lector y los motivos por los que otros se desentienden de la lectura o la destestan.

– En una sociedad donde parece primar el consumo rápido y los resultados inmediatos, hacer de la lectura, que es un ejercicio en principio poco “rentable” y que exige paciencia, una práctica feliz, trascendente y deseable, ¿no tiene algo de quijotesco?

No, si por quijotesco se entiende una pretension disparatada e imposible. Si lo quijotesco se refiere a apasionamiento y convicción, entonces sí. A mi juicio, es absolutamente necesario mantener algunas experiencias humanas a salvo de la rentabilidad o la medición. Es preciso defender el concepto de “gratuidad”. Por lo demás, nuestra época no es ni más ni menos propicia a la lectura que otras anteriores. Formar lectores siempre ha sido una tarea ardua y paciente.

– En general, se muestra crítico con las actividades que en colegios e institutos se proponen en torno a las lecturas. En cierto momento dice: “Y al hablar de respuestas en absoluto me refiero a las prácticas escolares, tan tediosas y adocenadas que apenas dejan margen para las interpretaciones personales. No pienso en resúmenes, ni en comentarios rutinarios y previsibles, ni en la enumeración insípida de las figuras literarias destacadas en el transcurso de la lectura”. ¿Estamos lejos en las aulas de la reflexión y del diálogo crítico con los libros?

Pienso que sí, francamente. El modo de abordar la educación literaria en las aulas me parece, por lo general, erróneo.

– ¿Qué hemos de pedirle a un profesor para que de verdad transmita al alumno una experiencia enriquecedora de la Literatura?

Conocimiento, pasión e inteligencia de lector.

– ¿Cómo compaginar el placer y el deber de la lectura?, ¿es partidario de los libros obligatorios en Secundaria?

Que un libro sea obligatorio no significa que deba ser insufrible. El modo en que un libro es presentado a los alumnos y el propósito para el que sea propuesta su lectura puede hacer que la obligación sea percibida como un castigo o una promesa. Los mejores libros pueden resultar una carga insoportable para los alumnos si su lectura aparece como una tarea tendente a controlar su actitud y evaluar su rendimiento. Si la obligación se entiende como imposición o arbitrariedad, mi desacuerdo es radical; si, por el contrario, se considera como parte de un proyecto atrayente de aprendizaje, entonces no hay por qué temer al concepto.

– ¿Están enemistadas en la enseñanza media la literatura clásica y la juvenil y contemporánea?, ¿cuál ofrece un mayor rendimiento didáctico?

Son los prejuicios, el desconocimiento y las rutinas pedagógicas los que las enemistan. ¿Por qué los mitos griegos o los sonetos de Garcilaso de la Vega no pueden perfectamente convivir con las novelas de Juan Farias o de C.S. Lewis? Por lo demás, no me gusta la expresión “rendimiento didáctico” referida a textos literarios ideados y escritos para emocionar y hacer pensar.

– Afirma que el juego, bien empleado, puede despertar el deseo de leer. Pero, ¿es solo “cosa de niños” y de talleres infantiles, o también tendría cabida en los densos planes de la ESO y Bachillerato?

Cuando fantaseamos, estamos jugando; cuando manipulamos las palabras, estamos jugando; cuando flirteamos, estamos jugando; cuando nos disfrazamos, estamos jugando… Gran parte de las actividades de los seres humanos tiene relación con el juego. En relación con la literatura, el juego se refiere a la actividad mental mediante la cual los seres humanos son capaces de imaginar mundos posibles, soñar otras vidas, prefigurar el futuro, corregir el pasado, explorar comportamientos, sentir las emociones de otros, aunque sean personajes ficticios… Es decir, alude a esos actos gratuitos e íntimos que alivian, animan y dan sentido a la vida. La lectura literaria no es otra cosa que una constante y feliz simulación de la realidad. Psicoanalistas como Freud o Winnicott destacaron la continuidad entre el juego infantil y la experiencia artística madura. No parece fácil, sin embargo, trasplantar esa actitud vital a las aulas. Se requeriría una transformación profunda de las mismas.

– En su obra hace una apasionada defensa de Internet y sus recursos, como las wikis y los blogs, para fomentar la lectura, que puede encontrar, asegura, en la Red su paraíso. ¿Se han asimilado todas sus posibilidades pedagógicas?, ¿o queda mucho camino por recorrer aún?

Estamos en el comienzo de una nueva época, que no será apocalíptica, como tantos vaticinan. Las innovaciones siempre asustan, pero tengo confianza en la inteligencia humana. Aún queda mucho camino por explorar e inventar.

– ¿Es la escritura correlato de la lectura, una es necesaria para fortalecer la comprensión de la otra?

Sí, sin la menor duda. Escribir suele ser la antesala del leer, como la lectura puede ser de la escritura.

– Los clubes de lectura, a los que dedica un importante espacio en su libro, son cada vez más populares, ¿qué futuro les augura?

Pienso que los clubes de lectura, sean presenciales o virtuales, tienen asegurado su provenir. Han demostrado ser un excelente espacio de intercambio de experiencias lectoras y de formación literaria. Hacer que la lectura aparezca como un acicate para el pensamiento y la conversación será siempre el mejor modo de promoverla.

– Leer, profesor, ¿nos hace mejores personas?

No necesariamente. La lectura de un libro ofrece, si el texto lo permite y el lector está dispuesto, oportunidades para la introspección, la reflexión ética, la exploración sentimental, el conocimiento de la historia, el descubrimiento de vidas ajenas… Lo que el lector haga a partir de esa experiencia íntima no depende ya de la lectura sino de la voluntad del propio lector. La lectura provee estímulos, pero no inculca conductas. Lo que sí me parece necesario es promover modos de leer que hagan de los textos un aliciente para la imaginación moral.

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