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Remembranzas

El sueño llegó, triste victoria, a pesar de los miles de obstáculos, de pensamientos, que se cruzaban a su paso. Pueden resistir horas, a veces noches enteras se mantienen firmes en su empeño, pero los párpados terminan por cerrarse, sí, tarde, muy tarde para aquel que sufre. Apenas regala consuelo el fingido descanso, que jamás es tal, aunque el engaño baste para que el hilo de vida no se pierda.

 

Qué nombre darte, recuerdo, para guardarte. Qué llave clausura tu palacio, colmado de fantasmas, magos de la trampa, de la sonrisa maliciosa. Qué escudo me puede defender de tu lanza, si tus golpes son imprevistos. Eres muchos, y uno a la vez.

Qué importa cuando tú aprietas, como ahora, en este instante que no esperaba, que nunca espero, salvo cuando te presiento en la soledad. Vagamente escucho tus pasos, y entonces intento hacerme fuerte. Enfrentarme a ti…

 

 La memoria no duerme. Concede tregua, pero no duerme. Pacta silencios, mas es ella la que marca su duración. Y el corazón se calma cuando calla, y se desespera cuando habla. Entonces se infla de violencia, de odio. La lucha desgasta al soldado que corre o se atrinchera. ¡No sabe que la huida es imposible! Solo cabe el armisticio.

Presta ilusiones de paz, para que la batalla no termine antes de la hora prevista. Se retira tras el telón, por meras razones de supervivencia. Sabe que el fuego, día a día, arrasaría todo, a ella también. Sería insoportable, por lo que se retira una temporada. Pero observa, oculta, el transcurso de la existencia, sus afanes y sus decepciones, las viejas y las nuevas cosas, los ciclos y las variaciones, tan pequeñas, aunque tan grandes, tan diferentes para el ansia de vivir. Ella lo sabe, pues en sus ojos siempre está el camino recorrido, cada paso, los saltos, las caídas.

Esos recesos son oxígeno para quienes, en una jornada ya lejana, pero siempre marcada en su calendario, el puente que habían de cruzar se vino abajo. El tiempo se detuvo, y la culpa, o el desengaño más profundo, comenzaron su periplo. Y en esos retiros, en esas treguas, el corazón cree haber arrinconado al monstruo, confundido entre las vivencias y el paso de los años. Una nube más entre la niebla, que no ha de oscurecer el mundo.

Así él, y aquel, siguieron caminando durante mucho tiempo, convencidos de tener dominada a la bestia, ya enterrada en la montaña más recóndita.

Pero la memoria nunca duerme…

 

Desesperadamente

-Es un frío tremendo, aquí, por dentro.

-¿Un vacío?

-Sí, tú lo has dicho.

-No sabes qué te ocurre. Pero te ocurre algo.

-No sé. Estoy desesperado. Todos los días son iguales, y la verdad te digo: no soy feliz.

-¡Bueno!

-¿Qué pasa?

-Quieres ser feliz. Yo también quiero ser feliz. Yo y todo el mundo. La frutera, el profesor y el charcutero. Hasta el vecino del quinto, fíjate.

-Normal. ¿Qué hay de extraño en eso?, ¿qué otra cosa puedes desear?

-Ese es el problema: el deseo.

-Me he perdido. Quizá no haya sido buena idea contarte todo esto. Me estoy empezando a sentir ridículo.

-Vale. Entonces hablemos de otro tema. Tú eliges.

-Pero, bueno, aclárame eso del deseo.

-Ya. Nada, que la cuestión es esa. Que si todos los días andas preguntándote si eres o no feliz, me parece que va a ser complicado serlo.

-Yo creo que es bueno planteárselo. Si no…

-¿Plantearse el qué?

-Pues eso, si eres o no feliz.

-¡Vaya tarea! A ver, defíneme la felicidad.

-No sé. Sentirse bien con uno mismo, tener muchos amigos, buen trabajo, familia, amor, proyectos, aficiones…

-Muchas cosas, ¿no?

-Es que sin eso… Ya me dirás tú.

-Espero que lo de los amigos esté cubierto. Al menos tienes uno, ¿verdad? Responde sin miedo.

-Claro, eso no lo dudes.

-Me dejas tranquilo. Aunque no creo que hagan falta muchos amigos, sino buenos. Eso sí que es importante. Y tampoco tenemos que verlos todos los días. Te vayas a cansar.

-Si son verdaderos amigos, no te debes cansar, digo yo.

-Todo cansa.

-Eres un pesimista.

-¿Quién decía que no era feliz? Eso. Oye, ¿te has fijado que ya hemos repasado una de las cosas que decías? Los amigos.

-Sí, pero hay más cosas.

-De acuerdo, pero, ¿no crees que así es más fácil, poquito a poco, paso a paso? Es que la felicidad, algo tan grande… Es complicado de abordar.

-Pero aunque vayamos cosa por cosa, me siento igual.

-¿Has ido cosa por cosa?

-Uff.

-No, no has ido. Entonces, ¿por qué no lo intentas? Antes no te decía que no te plantearas nada, o que te dejaras llevar. Hay que actuar, por supuesto. Pero frente a cosas concretas, que tú puedas manejar. No te propongo la inacción, sino la acción dirigida. Que no malgastes munición, si me permites la metáfora bélica. Así irás comprendiendo ese frío. Aunque para caminar con buen ritmo, primero necesitas descansar, serenarte. La desesperación es abismal.

Sergio del Molino (fuente: heraldo.es)

Ha escrito una historia potente, muy sugerente, con personajes que se mueven entre el absurdo y las vaporosas aspiraciones que les envuelven, siempre detrás de un sentido para sus vidas que nunca saben dónde se esconde. Quizá, solo quieran escapar, como sea, de su realidad. El precio es lo de menos.

Sergio del Molino, periodista, madrileño de nacimiento y zaragozano por residencia, ya había publicado un libro de relatos (Malas influencias), un ensayo (Soldados en el jardín de la paz) y una compilación de artículos (El restaurante favorito de Nina Hagen). Este año ha entrado con buen pie en el reino de la novela, con No habrá más enemigo (Tropo Editores), deliciosa ficción acerca de la cual quería hacerle algunas preguntas.

 

-En primer lugar, enhorabuena por la novela. Ha recibido buenas críticas. ¿Llevaba mucho tiempo con la historia en la cabeza, antes de pasarla al papel?

Suelo pensar y madurar mucho los libros antes de ponerme a escribirlos. Puedo trabajar sobre intuiciones o páginas escritas en un momento de iluminación, pero, cuando me siento a redactar en serio, he meditado mucho sobre lo que quiero escribir. En este caso, llevaba años buscando la forma de plasmar mis sentimientos sobre las relaciones entre padres e hijos. Fracasé varias veces, y no sé si No habrá más enemigo es un éxito en ese sentido, pero sí que es la manera menos imperfecta o más literariamente compleja que he encontrado de abordar un tema que me ha preocupado y ocupado durante años.

-Vemos a dos seres, Lenín y León, deseosos de experiencias. Podríamos decir que el autor toma el aburrimiento vital, existencial, como motivo central de su relato. ¿Vamos bien encaminados?

Pudiera ser, quizá sea su motivación más fácil de explicar, pero no tiene por qué ser necesariamente esa la razón. No sabemos, yo tampoco, por qué Lenín y León hacen lo que hacen. La ausencia de motivación es deliberada y transmite mi propia incomprensión del mundo. Conforme crezco, entiendo menos eso que antes se llamaba, en buen marxismo, la realidad. Me resulta muy difícil justificar y encontrar un sentido a la mayoría de los actos de la vida de las personas, incluyéndome a mí mismo. No hablo sólo de los grandes hitos, de las magnitudes históricas (el porqué de la crisis, de las guerras, de la miseria, etcétera), sino de la realidad en su tono menor: ¿por qué las personas se casan con parejas a las que detestan?, ¿por qué firman hipotecas a cincuenta años?,¿por qué tienen hijos que no quieren tener? En definitiva, ¿por qué persiguen con tanto esfuerzo unas vidas que saben de antemano que no les van a hacer felices? Creo que Lenín y León quieren rebelarse contra la inercia, que ha demostrado ser una fuerza tan incomprensible como poderosa. Lenín, contra la inercia hipotecaria, pues ha comprado un chalet en el que no quiere vivir, y León, contra la inercia laboral, contra un trabajo que detesta y que le obliga a ser lo que no es. El problema es que ninguno de los dos sabe cómo huir de sus respectivas realidades, de ahí lo absurdo de su comportamiento y por eso deviene en desastre. Pero, quizá, estoy haciendo muchas suposiciones en forma de falsas claves ocultas de la novela. Prefiero que el lector encuentre sus propias razones y sus propios mecanismos de causalidad.

-En la ansiedad de ellos se cruza ella, Alejandra, que tiene un menor protagonismo, no habla tanto con el lector, pero que, salvo al principio, siempre está presente de alguna u otra forma. ¿No es cierto que actúa como pivote de la narración?

Alejandra es verdugo y víctima al mismo tiempo. A veces, cuando es vista a través de los ojos de Lenín, es un arquetipo de amor platónico, romántico y trasnochado. Una especie de becqueriano reflejo de luna. Con los ojos de León, en cambio, gana en matices, se vuelve vulnerable, muy frágil. En la parte final, con los ojos de un narrador sin cara, parece una mezcla de ambas visiones, peligrosa y víctima. Es el objeto necesario de las pasiones de Lenín y León y, a la vez, tiene una entidad propia, de chica perdida. En el fondo, como dice Herzen, es una de esas chicas de las canciones de amor del pop. A mí me gusta mucho Alejandra. Probablemente, sea el único personaje del libro con el que me tomaría una cerveza. Su función no es solo instrumental, tiene carne propia.

-Hablábamos antes de la abulia. Pero hay otro tema, el conflicto generacional, que da sentido a la obra. Es claro en el caso de Lenín, aunque también se observa en Alejandra, marcada por el gris del edificio militar. ¿Por qué esta flecha hacia la figura del padre?

Porque a mí me preocupa mucho y me seduce como tema literario. Quizá porque no tengo pedigrí ni linaje, me gustan mucho las sagas literarias en las que se novela el patriarcado y se retratan padres severos y distantes que marcan el carácter de los héroes. Se ve muy bien en Tolstoi, pero también en las memorias de muchos escritores ingleses, como Evelyn Waugh, que transmiten una mezcla complejísima de admiración, miedo, respeto y rencor hacia sus padres. Unos padres que, generalmente, son unos grandísimos hijos de puta. El padre de Waugh, por ejemplo, sólo se dejó ver en la infancia de su hijo para gritarle que no hiciera ruido mientras jugaba y que le dejara dormir la siesta. No supo nada más de él salvo esos gritos atronadores que le mandaban callar. Yo quería mezclar esa rica tradición literaria (un tanto abandonada, quizá) con mi propia experiencia como hijo. Que el padre de Alejandra sea militar y viva en un severo edificio gris me sirve para acentuar este aspecto que tanto me interesa.

-Aparecen enfrentados dos tipos de amor: el estable, el tranquilo, representado por Nadejda; y el desenfrenado, salvaje, orgásmico, ¿onírico?, que ofrece Lola. ¿Es que tenemos que elegir entre uno de los dos?

Esto, en realidad, es un guiño explícito a una de las referencias más reiteradas en la novela: el cine de David Lynch. Especialmente la primera parte está llena de citas al universo de Lynch. Y me extraña que muchos críticos hayan cazado referencias mucho más oscuras y escondidas pero hayan obviado la más clara. En un momento dado, Lenín y León citan explícitamente el argumento de Blue Velvet, en el que un adolescente tiene que elegir entre el amor de una dulcísima y muy ñoña (y muy rubia) Sandy, y el de la muy voluptuosa, muy oscura, muy trágica y muy triste (y muy morena) Dorothy, interpretada por Isabella Rossellini. Lynch juega con un tópico muy viejo, pasión contra razón, rebeldía contra conservadurismo, valentía contra cobardía. Es muy viejo y muy trillado, pero a Lynch le sirve como puerta para activar un mundo mágico donde las convenciones narrativas se dislocan y revelan su inutilidad para comprender de verdad la historia. Porque lo de menos es comprenderla. Eso es lo que me interesaba a mí al jugar con esa dualidad tan manida, que tiene su reflejo en otras dualidades: la de León y Lenín, la de Alejandra y Lola y, más simbólicamente, en los colores rojo y negro de las cartas del póker. Es un juego de sugerencias, un baile, una invitación a dejarse embrollar y una manera de anclar mi novela en una tradición onírico-lúdica en la que me siento muy cómodo y muy reconocido.

-En el libro utiliza una jerga sexual poco frecuente en las novelas, pero sí en la calle, en el día a día. ¿Ánimo de provocación, o solo de mayor realismo, de naturalidad?

No creo que ningún adulto, en el año 2012, pueda sentirse provocado por un contenido pornográfico. La jerga sexual que uso no es ajena a la literatura. Quizá sí lo sea a cierto tipo de narrativa española, porque muchos escritores españoles tienen una grave incapacidad para construir escenas eróticas y pornográficas convincentes. De hecho, hay una rica tradición literaria pornográfica en la que mi novela se inspira, pero no es una tradición española. Ahí están Henry Miller o Charles Bukowski, dos excelentes pornógrafos mucho más salvajes de lo que yo seré nunca. El sexo es importante en la novela porque lo es para uno de sus protagonistas, y me preocupaba mucho escribirlo bien. Me esforcé un montón en la construcción de los relatos sexuales, quería que sonaran húmedos y lascivos, que no pasaran inadvertidos, que transmitieran cierta verdad. Espero haberlo conseguido.

-Hay un personaje que me ha llamado mucho la atención. Se trata del heavy Irigoyen, que parece estar dotado de un cierto carisma, a pesar de su disoluta vida. A la hora de dibujar al pintoresco locutor radiofónico, ¿predominó el propósito burlesco, o hay también algo de dramático en este “marginal por vocación”, condición compartida con Herzen?

No sé si Irigoyen es heavy o simplemente se viste en el ropero de Cáritas, aunque le guste Black Sabbath. Irigoyen es un personaje esquinado y bronco, puede que tragicómico. Está inspirado en una persona real, al igual que el pintor Herzen, aunque yo les he dotado de unos rasgos instrumentales y propios que no se corresponden con nadie. Herzen y él son los personajes más libres, y los que sufren su propia libertad, tienen que vivir con ella. Son espejos en los que los protagonistas pueden mirarse.

-Dos ciudades: Madrid y Zaragoza, que reivindican su papel en la novela. Desde luego, la imagen que se nos ofrece de ambas no es muy simpática. ¿Quiso acompasarlas con el devenir de los protagonistas?

Las ciudades y, en general, los paisajes de la novela son proyecciones del estado de ánimo de los protagonistas. Aparecen como las dibujan ellos mismos: hostiles, asfixiantes, irrespirables. En general, me gusta construir los espacios como reflejo de las personalidades que los habitan. No es que estén acompasadas a ningún devenir, es que son parte de ellos mismos, un vehículo más de su expresión.

-Un largo viaje en coche, dos sombras detrás…Parece que el relato no tiene un final cerrado, o al menos deja la puerta abierta a la imaginación, a una hipotética continuación.  ¿Era esa su intención al comenzar a escribir, terminar así, de esa forma brumosa?

Alguien me dijo una vez que los finales cerrados son una muestra de mala educación, que son casi un insulto al lector. Y hay algo de verdad: cerrar y compactar todas las tramas de una novela presupone cierta infantilización del lector. Es como si el autor no lo considerara lo bastante inteligente o lo bastante maduro para detener el relato sin que todas las preguntas queden respondidas. A mí, como lector, me gustan las novelas abiertas y centrífugas, y detesto los puzles demasiado centrípetos, en los que cada cabo encuentra su nudo. La literatura que me interesa está hecha de sensaciones y de intuiciones, mucho más que de certezas. Por eso todo queda abierto. Quizá me he pasado abriéndolo mucho más de lo que un lector medio está dispuesto a tolerar, pero sentía la necesidad de que No habrá más enemigo se quedara suspendida en el polvo de esa tarde yucateca de la última escena. Es una novela que trata sobre la incomprensión del mundo, por lo que ella misma tiene que ser hasta cierto punto incomprensible. Si no, se estaría contradiciendo, estaría diciendo que ese mundo que a mí me parece incomprensible puede comprenderse en realidad. Y yo no creo eso.

-Después de esta primera novela, que ha tenido una buena acogida, ahora viene la segunda, la que dicen es la más difícil. ¿Siente vértigo? Ya de paso, ¿podría adelantar un poco de su contenido?

Mi siguiente libro no es exactamente una novela porque no es una obra de ficción, aunque en su estructura y forma cumple los requisitos mínimos del género. Pero es más lo que los franceses llaman un memoir, una obra autobiográfica. Se titula La hora violeta, y es un libro que no hubiera querido haber escrito nunca, pues cuenta el año en el que perdí a mi hijo Pablo. En cierto modo, es una carta de amor a mi hijo, aunque yo la escribí con el propósito de dar forma a mi dolor por su muerte. No con la intención de entenderlo o de eliminarlo. No soy tan ingenuo. Simplemente, pensaba que, si le daba forma de libro, sabría cómo era esa cosa tan áspera y dura que me rompía por dentro. En el fondo, quizá, simplemente respondí ante lo peor que me podía pasar en la vida de la única manera que sabía responder: escribiendo. Porque, si me quedaba alguna duda, soy escritor y no sé hacer otra cosa que escribir. El libro saldrá este mes de marzo en la editorial Mondadori y ya he firmado una traducción al italiano que se publicará también en 2013.

 

Hell door

Hace unos días llegó a mi correo este relato de David Barroso, quien fue alumno mío en el Instituto Santa Engracia de Linares. Supone un gran orgullo para mí que él se haya acordado de este humilde lugar para publicar el texto. Ojalá tenga suerte en la vida y encuentre muchas alegrías, y, por supuesto, siga imaginando. Ahí va:

En una pequeña aldea de Fang, hacía un frío inusual. Nunca se había vivido un invierno tan crudo en el lugar. Tan gélido era el ambiente que ni el calor más ardiente te aliviaba, una vez te pasaras bastante tiempo fuera de un refugio.

Una noche, dos muchachos dormían uno encima del otro entre las casas de la aldea, abrazados para no morir de frío y tampoco quedarse solos. Uno de esos chicos se llamaba Connor. Tenía unos ojos azules muy claros. Podrías sentir el frío del invierno en su mirada, pues eran casi cristalinos. En su labio inferior, en el lado derecho, se podía ver una cicatriz en vertical, de alguna pelea tenida en tiempo pasado. Su pelo era negro, desbaratado por lo sucio que estaba, y un poco largo. Connor no llegaba al metro y medio de altura. Su vestimenta no acompañaba al tiempo que hacía, estaba bastante desgarrada y grande para su cuerpo delgado y casi esquelético.

El otro chico, llamado Lain, tenía los ojos verdes con algunas pintas marrones. Era algo más largo que Connor, pero igual de negro,  y más corpulento. Estos chicos son hermanos. La desgracia del mundo les ha empujado a vivir en la calle. Sus padres murieron, dejándoles sin nada y fuera de su propio hogar.

Ese chico, Lain, soy yo, y Connor es mi hermano. Esta es nuestra historia.

Nos despertamos al alba de un día bastante frío. Nuestros labios, cejas, orejas, pero sobre todo dedos de manos y pies, estaban casi congelados, pues pese a dormir uno sobre otro, abrazados, estábamos en una época nueva para nosotros. Connor, con sus ojos azules, me miró tiritando abrazando su propio cuerpecito, diciéndome:

-Lain, hermano, tengo hambre, no tenemos nada de lo de anoche, ¿verdad? -me dijo mientras registraba con la mirada las sobras de la noche anterior.

-No, hermanito, no queda nada. Las ratas se han encargado de roer hasta los huesos -le dí una patada suave a los restos, me giré y miré a Connor con una sonrisa-, pero no te preocupes, que conseguiré algo de fruta del tendero.

-Sabes que eso casi me cuesta la vida, vamos primero al puesto de Angus y así tenemos comida asegurada… no quiero que te pase nada, hermano… -me cogía del brazo mientras hablaba y las lágrimas poco a poco invadían sus ojos.

-Vale, entonces vamos al puesto. No hay problema, hermano.

Acepté de buena manera, pues era cierto, Angus suponía comida asegurada. Era un buen hombre: no nos moriríamos de hambre. Salimos del callejón, caminamos despacio por la nieve hundiéndonos por su espesura. Conseguimos llegar al mercado, estaba medio vacío y los puestos casi desatendidos. La clientela era escasa. Nos íbamos acercando al puesto de Angus, un hombre delgado, pero bastante alto. Parecía un palo de escoba, con la cara más envejecida de lo normal por el sol en los días más calurosos y el trabajo propio del campo que tenía para sus productos. Al llegar al puesto, él no estaba, sino su hija con su esposa. Tenían una cara de preocupación difícil de esconder.

-Hola, Laura -dije sonriendo con las manos tapadas con las mangas de la camisa, más grande que mi cuerpo.

-Hola Lain… -respondió algo triste, levantándose de un pequeño taburete que había detrás del puesto.

-¿Sucede algo, Laura? Pareces triste.

-Sí, Lain, es mi padre, el…

-¿Qué le ha pasado a tu padre?.

-Bueno.. la verdad es que ayer se lo llevaron a La Puerta…

-¿Qué?, ¿a La Puerta? Pero… ¿estaba mal o algo?

-No, estaba perfectamente… pero vinieron guardias y se lo llevaron sin más… No hay explicación, la verdad… – se lamentó.

-No te preocupes, Connor y yo iremos a La Puerta para ver si está tu padre bien, Laura.

Ella se alegró de oír mis palabras. Acto seguido me dio un pequeño paquete, donde, envuelta, estaba la comida para Connor y para mi. Me di la vuelta después de despedirme de Laura y su madre, me dirigí hacia el callejón entre los puestos del mercado, con el paquete bajo el brazo pensando en qué hora y cómo entrar por La Puerta si siempre permanecía cerrada, salvo cuando salía alguien o entraba, pero siempre con mucha vigilancia. A los minutos entré en el callejón, le ofrecí a Connor el paquete, contenía unos bocadillos calientes, cosa que aceptó con gusto y con alegría, comiendo con felicidad. Sonreía mirando al cielo. Cuando supe cómo contarle a Connor lo sucedido con Angus, se sorprendió bastante, pero estaba igual de decidido que yo para ir a La Puerta y así averiguar algo sobre Angus.

La Puerta era  enorme, casi como un gigante, seguida de dos muros igual de altos que ella, tanto a derecha como a izquierda. Se extendían decenas de kilómetros, era inalcanzable a la vista poder ver el final de cada extremo. Se escuchaban historias acerca de que el mundo estaba partido por la mitad por estos muros. Eran de un color negro, casi como la noche. Impresionaban.

Esa misma noche nos dirigimos hacia La Puerta. Hacía bastante frío, pero sin el aire punzante de otras ocasiones, lo cual era un alivio. Fuimos rápido entre las sombras para que no nos vieran. La Puerta era inexpugnable. Sin embargo, tuvimos suerte y encontramos una entrada de aire rota. La rejilla, por una de las esquinas, estaba suelta. Entre Connor y yo pudimos abrir un agujero bastante grande para poder entrar sin hacer ningún ruido o generar sospecha.

Una vez dentro del conducto, todo era muy oscuro y frío, y el metal resbalaba un poco. Tras chocar yo de cabeza con un cruce, miré a ambos lados: en uno era todo oscuridad, en el otro había una luz al final, y decidimos ir por este camino. A cada paso que dábamos gateando, implicaba una lucha por no caer de bruces al suelo y hacernos daño. Por fin llegamos al final, pero poco se podía ver desde ahí arriba, era un sitio alto y con poca visibilidad. Lo único que se podía ver eran unas cuantas cajas de madera sólidas, y decidimos empezar por ahí, un sitio cerrado donde solo había una puerta.

Esta rejilla era mas difícil, pero con más fuerza de la aplicada antes saltaron los tornillos. Era peligroso lo que hicimos, puesto que creamos un gran estruendo. Bajé yo primero, luego ayudé a mi hermano a bajar. Él era más bajo, y la caída podría ser dolorosa, así que coloqué una caja para que así no tuviera que saltar. Una vez que estábamos abajo, fuimos hacia la puerta, estaba abierta. Nos asomamos y al ver que no había nadie salimos dirigiéndonos primero a un lado, andando varios pasillos. Era cálido el ambiente ahí, se agradecía bastante. Caminamos despacio. Notamos que venía alguien, y nos metimos por la primera puerta que vimos, tenía un pequeño cristal donde entraba la luz y se podía ver el interior. Al ser nosotros pequeños no hacía falta agacharse mucho.

Nos fijamos bien en el interior, mientras pasaban los guardias, dos en concreto, y sus pasos se alejaban. Nos dimos cuenta de que nos hallábamos en una gran habitación. Estaba repleta de jaulas, donde se escuchaba a algunos animales hacer pequeños ruidos, no demasiado llamativos. Nos acercamos mirando las jaulas. Los animales estaban mezclados genéticamente. Era muy raro todo aquello. Vimos un águila con patas de perro, y un gato mitad zorro.

En el fondo de la habitación, algo producía quejidos. Tanto Connor como yo nos acercamos, él detrás de mi, asustado pero también a la vez curioso por saber qué era: una figura en cuclillas mirando hacia el suelo, de cara a la pared, con lo que parecían alas de murciélago, y unos pequeños cuernos que salían de su frente. Era realmente raro. Esa criatura parecía llorar. Su cara estaba iluminada en un pequeño rastro de brillo desde sus ojos violetas hacia una boca con dientes que sobresalían. Sus rasgos se asemejaban a los de Angus. Quería saber si era él realmente, pero antes de articular palabra, algo me tapó la boca, sentí unas grandes manos que me agarraban, era una fuerza muy superior a la mía.

A los escasos segundos de ser arrastrado por esa fuerza, sentí algo duro contra mi espalda. Era una especie de camilla, me sujetaban con una especie de tiras, tanto en los tobillos, rodillas, cadera, mitad de torso, hombros y cuello. No podía moverme, ni ver nada ni decir nada, por la mordaza en mi boca y los ojos tapados. Lo único que sentí fue una gran descarga eléctrica que recorrió todo mi cuerpo. Quedé inconsciente en la camilla.

Soñaba cosas sin sentido. Pero, poco a poco, mi cuerpo se iba despertando. Con mucho esfuerzo pude abrir los ojos y ver, muy borroso, el techo, hasta que mis ojos se acostumbraran de nuevo a estar abiertos y a la claridad. Mis músculos, mis huesos, todo mi cuerpo en sí me dolía, como si hubiera recibido una gran paliza de varias personas. Mi boca no respondía, era un esfuerzo inútil querer hablar. Era como si mi cuerpo estuviera paralizado por completo. Por fin, con un gran esfuerzo, me moví algo y pude hacer salir algo de mi garganta, ni yo sabría describir lo que salió, pero sé que era un ruido. Alguien acudió. Me fijé en la puerta, era Laura, con grandes ojeras, los ojos rojos y llorosos, temblando.

-Lain, estás… estás bien -dijo Laura acercándose a mi para abrazarme fuerte, sollozando-.

-S…si… eso… pa…parece… -dije como pude apoyando mis manos débilmente sobre su espalda-.

-Pensaba que no te recuperarías, Lain -decía mientras me estrechaba más entre sus brazos, haciendo que perdiera suavemente la respiración,  que luego se volvía dificultosa, pero sin ser molesta.

-Dime, ¿donde… está… Connor?… -pregunté con el poco aire que me quedaba en los pulmones.

Acto seguido Laura me soltó, despacio, haciendo que mis pulmones se llenaran de nuevo y pudiera respirar con normalidad, se levantó de la cama y se marchó de la habitación. A los segundos volvió con un bulto entre las manos, no era ni muy pequeño ni muy grande, pero necesitaba las dos manos para así transportarlo. Envuelto en un pequeño trozo de tela, lo dejó a mi lado. Descubrí que era una bola negra de pelo. Aquello se desperezó, dejando ver su figura de cachorro de lobo negro. Me parecía rara la reacción de Laura. Me sentí confuso. Ella me miró con tristeza, luego al cachorro y finalmente a mí de nuevo. No habló, solo noté cómo el cachorro se movía y se alejaba de mí despacio, andando hacia atrás, con las orejas y la cabeza agachadas. No entendía nada. Laura, tras unos segundos de silencio y sin antes yo articular palabra, me dijo en casi susurro:

-Él… es… Connor…

-¿Cómo…que él es Connor?… -dije sin saber muy bien que se refería, mirando al cachorro lentamente.

-Si, yo soy Connor… -dijo de golpe el cachorro, con voz de mi hermano, mientras mis ojos se abrían poco a poco hasta casi salirse de la cuenca.

-No creo que seas tú mi hermano, estás… es decir, eres… tú… -no sabía qué decir, llevándome las manos a la cabeza, y repasando una y otra vez la figura del cachorro.

-Sí, Lain… soy tu hermano y esto es lo que me ha pasado, bueno,  sinceramente… no sé que ha pasado… me cogieron… y me quedé inconsciente… y luego… al despertar estaba así y no lo entiendo, hermano… ¿qué me pasa?…

-No lo sé hermano, pero esto es muy raro…

Nos quedamos pensativos los tres, sin palabras, pensando qué posible razón o explicación hubiera para esto, pero no la encontrábamos. Era imposible. Extraña era también la corriente eléctrica que recorrió mi cuerpo de punta a punta. Al pensar en aquello, alertado, busqué con la mirada a Fida, la madre de Laura y esposa de Angus. Luego, miré a Laura, y sin pensarlo, pregunté nervioso:

-Laura, ¿dónde está Fida? Es importante, es sobre tu padre.

-Espera, por favor, voy a buscarla, no tardo.

Según terminó de hablar, Laura se levantó corriendo y se dirigió al resto de la casa, buscando a su madre, mientras yo aprovechaba para mentalizarme de mirar a Connor y acostumbrarme a esa forma nueva que tenía. Alargué mi mano lentamente hacia Connor, para tocarlo, pero con algo de miedo aparté la mano con la misma lentitud. No era miedo, si no impresión lo que me daba aquella forma, tan pequeño, tan frágil, tan… no tenía palabras para expresarlo. A los segundos después, volvió Laura con Fida. Esta venía con lágrimas en los ojos, esperanzada por que le dijera algo sobre su marido. Pero mi mirada sobre sus ojos la hizo romper en un llanto, cayendo al suelo de rodillas, cubriendo su cara con las manos. Al ver aquella situación, en parte me sentía mal, por haber intentado ayudarlos, y con un resultado tan negativo. Era extraña la sensación.

Pasaron varias horas. El silencio era desgarrador. Por fin pude acariciar a Connor. Mi mano casi tapaba por entero su cuerpo. Poco a poco me fui acostumbrado a ver a mi hermano en ese extraño cuerpo.

Sonrisas de Cupido

Adaptación cinematográfica de la novela de Tolstói, dirigida por Bernard Rose en 1997 (fuente: fanpix.net).

Dicen que es el sentimiento más fuerte que puede sufrir, o gozar, el ser humano, y, por esa intensidad, el más deconocido, el más inquietante, el que ansiamos y nos acongoja, a partes iguales.

Sospecho que Tolstói quiso elaborar una tesis sobre el amor, en forma de novela, y surgió Ana Karenina. Cierto que en la obra se dibuja la decadencia de la aristocracia zarista. Este es el tema más citado en las enciclopedias. Pero no estoy conforme con que fuera la motivación fundamental de la escritura. O sí, mas como se sabe, a menudo las palabras y los personajes toman caminos distintos a los trazados en un principio. O, y esto hace grande al arte y sobre todo a la literatura, simplemente cada lector, en cada momento de su vida, construye una interpretación personal, incluso intransferible…

A veces pienso que en la infancia nos engañaron. Quizá era necesario soñar con ese país encantado, parecido al reino de las nubes, puro, celestial, digno de damas y príncipes azules, siempre tan ideales. A golpe de realidad, de bruscos despertares, nos vamos dando cuenta de que en esa tierra también llueve, y hay días grises… Creo que, aunque sea en lo más íntimo del ser, el sueño pervive hasta el final de nuestra vida, creando expectativas por tanto inalcanzables. Abierta tienes la puerta, frustración…

La misma presión social que lleva a Ana a la tragedia, es la que, fuera de sus páginas, nos exige demasiado. La unión estable, la seguridad de la pareja eterna (hasta que deja de serlo), es la meta que hemos de alcanzar. Quedarnos atrás es un fracaso, hoy menos que hace dos siglos, pero fracaso al fin, que mueve a la melancolía. Me acuerdo ahora de Onfray y su erótica solar, libre e inspiradora, donde somos capaces de romper las ataduras de la dependencia.

Las negras sombras que empujan a Ana Karenina hacia las vías del tren son la más viva imagen de la depresión. Ya no hay luz que ilumine el túnel. ¿Cómo es posible que esa mujer arrolladora, radiante de alegría y confianza, se haya convertido en esa triste pulsión autodestructiva?, ¿es el arrepentimiento por el adulterio cometido?, ¿o es la frustración infinita, provocada por las tormentas desatadas en aquel reino de las nubes, tan idílico entonces?…

Sin la ternura de Galdós, a mi parecer, León Tolstói muestra al público la complejidad de la mente humana, en plena ebullición emocional. Más incluso que la protagonista, me interesa el carácter de Levin, por ser ejemplo perfecto de las dos caras del amor. En el comienzo de la novela, se presenta como esa persona retraída e inteligente que sufre el rechazo. Le hace frente con una esforzada indiferencia (nos suena, ¿verdad?), de vuelta a su vida casi monacal en el campo. Después se produce el milagro: Kitty dice sí. Levin duda de su felicidad. ¿Por qué estará conmigo?: proceso de idealización (también nos suena). Sin embargo, cuando parece que, efectivamente, tanto bien no es posible, Tolstói nos sorprende, y deja que Cupido sonría. Nos ofrece su mejor cara, la angelical. Nos sorprende y nos maravilla al mismo tiempo.

También es destacable la figura del marido ultrajado, cuya resignación a veces inspira lástima, y otras, admiración. Por momentos Karenin se vuelve gigantesco, al lado de la malvada Ana. El enano se hace grande. Mucho se ha escrito sobre este episodio, y sobre el crecimiento personal experimentado por Levin, donde Tolstói para presentar la renuncia y la espiritualidad religiosa (no olvidemos que el escritor ruso abrazó el cristianismo con ferviente convicción) como la más auténtica aspiración vital.

Metas celestiales, que mucho tienen que ver con el pequeño travieso de las flechas. Una única opción, bajo formas distintas: tocar el cielo. Pero es difícil mantenerse tan arriba…

Aquella gente

Santiago Carrillo, fumando, cómo no (fuente: arainfo.org).

Era el hilo que unía dos épocas, en medio un tiempo que parece largo, muy largo, pero que aún pesa en nuestras espaldas. Como un libro grueso del colegio, que esta ahí para instruirnos, y por eso mismo nos resistimos a abrirlo.

Con su hablar pausado y ese humo que siempre le envolvía, Santiago Carrillo era semejante a un manual de la historia reciente de España, de sus luces y sus sombras. El hombre que llamaba a la reconciliación y saludaba a una monarquía parlamentaria, era el mismo que cuarenta años atrás arengaba a los milicianos contra las tropas que asediaban Madrid. Aquel que interpretó un papel fundamental en el retorno a la democracia, también participó en la orgía de muerte y destrucción. Protagonista de todo: del entusiasmo republicano, de la lucha, de la derrota, del exilio, de la clandestinidad, de la disciplina comunista, de la cesión por el interés general.

Era la palabra solemne que nos recordaba nuestro pasado, tan difícil de digerir. A partes iguales, suya era la voz de las ilusiones rotas, de la nostalgia por el compromiso ideológico, de la conciencia sufrida y redimida, de las lecciones aprendidas, del riesgo de los frentes, de los fantasmas espantados.

Siempre me impresionó la lucidez de Carrillo. Su pensamiento incansable, hasta el fin de sus noventa y siete años, que sabía traspasar al papel, y se esforzaba por depurar en las entrevistas, a pesar de que su discurrir, al avanzar la edad, era ya un tanto deslavazado, con múltiples puntos suspensivos. Su amor por los libros, por la cultura, unido a su inagotable experiencia vital y política, me inspiraban el máximo respeto. Es fácil que alguien que formó parte del mando de una organización tan férrea como la comunista, en medio de una brutal pelea, que compartió mesa con Stalin, y que luego rompería con el sistema soviético, no despierte algo de curiosidad.

El eterno cigarro, que degustaba con placer y con toda la parsimonia del mundo, lo convertía en una figura anacrónica, de otro momento. Entre calada y calada, exprimía cada sílaba: merecía la pena esperar para escucharlo. Uno se sentía extraño, lejano, cuando hablaba de convicciones a sangre y fuego, de la vida clandestina y sus códigos, de la ruptura con el padre por motivos políticos, de la resignación y la esperanza perdida ante un país abandonado por las democracias.

Casi nadie queda ya que viviera lo que él vivió, con tal protagonismo. Era el último de aquella gente. Pero no solo por ello su muerte es reseñable, sino también porque Carrillo representa mejor que nadie, ahora en las hemerotecas, de lo que es capaz este país: de hundirse en las tinieblas, de regodearse en ellas, y de salir a la luz con tintes heroicos, aunque tarde, siempre tarde.

Karamázov

Edición de la obra que he leído (fuente: Dialnet.com).

Ya en Crimen y castigo, lo que más me llamó la atención de Dostoievski fue su habilidad para construir diálogos, a ratos delirantes, con un toque de humor, siempre profundos y sugerentes. Recuerdo con vivo entusiasmo el placer que me proporcionó la conversación entre el atormentado protagonista, Raskolnikov, y el inspector que intentaba extraer de él la confesión del asesinato de la vieja usurera.

Era una maraña de palabras donde ambos interlocutores parecían divertirse a costa de un lector entregado al juego de insinuaciones, aderezadas con reflexiones filosóficas, en torno a los múltiples disfraces del mal y de la culpa, que disfrutan de un cómodo asiento en el olimpo literario.

El aire que envuelve a los personajes y sus pensamientos no son tan oscuros en Los hermanos Karamázov, novela en la que el crimen sigue siendo el epicentro de la trama, pero donde la muerte deja paso a otros motivos, especialmente el amor. Un amor un tanto retorcido, sí, mas ofrece un contrapunto luminoso de redención frente al dolor provocado por el odio y los celos.

Quizá el nexo más claro entre ambas obras, cumbre creativa de Fiódor Dostoievski, sean los remordimientos, ese fuego que poco a poco consume los escasos rescoldos de dicha que guarda la persona desdichada, pero que también, después de la catarsis, la salvan, la apartan del abismo, de la nada.

En este caso, el crimen no ocurre al principio, ni sabemos con seguridad quién lo ha cometido, sino que el autor lo va preparando en los primeros compases, hasta hacerlo inevitable, incluso, por momentos deseable. La figura del padre emerge en las primeras páginas como la máscara que anuncia la tragedia, como el pícaro que tira la piedra y esconde la mano, salvo que aquí esa mano es cortada. Es el rostro de la maldad que se regodea y se justifica, y para ello emplea argumentos que no dejan de ser en ocasiones convincentes, de tal modo que parecen señalar con el dedo al lector: “No eres así porque no te lo permiten”.

El veneno corroe y confunde a los hijos, tres almas unidas por el desprecio al padre, aquel que no quiso querer. El odio se manifiesta con mayor fervor en Dmitri, cuya personalidad, paradoja o no, se asemeja a la del progenitor. Yo lo retrataría como un Don Juan demacrado, destrozado por un ansia de vivir mal encauzado; con él, la falta de cariño se ha cebado. Seguramente, Dostoievski pretendía moralizar a través del derroche y la lujuria de este personaje, que luego se reformará, una vez imputado por el asesinato del padre. Inspira, ante todo, compasión, pues a medida que transcurre el relato descubres que su corazón no es del todo negro. Él, sin duda, es el máximo culpable de su desidia, pero su infancia, sus orígenes (también, claro, los detalles del crimen que vamos conociendo), lo excusarían en parte, y ello conecta con las tesis deterministas del naturalismo zoliano.

Lo excusan en parte, digo, porque ni Iván ni Aliosha actúan como él. No sé por cuál de los dos personajes decantarme. Más complejo es el primero, que cae en las redes, anque él no lo quiera admitir, de los celos, al amar a la misma mujer, la bella Katerina, que fue traicionada por su hermano libertino. Ateo,hablará, sin embargo, ya preso de la locura, con el mismo diablo, en lo que en mi opinión es el capítulo más original y a la vez divertido de la novela. Dostoievski pone en tela de juicio las creencias más comunes sobre el infierno y el paraíso. Un Satán burlón y cínico desquicia la mente de Iván; la misma ingeniosa cabeza que contará la historia del Gran Inquisidor, ese siniestro amo de una degenerada Iglesia, capaz de condenar por herejía al propio Jesús, cuando de nuevo nos visita y es aclamado por el pueblo.

La religión, no lo había dicho hasta ahora, es un tema importante en la obra. Exceptuando el San Manuel Bueno, mártir de Unamuno, en ningún otro relato he encontrado un debate tan intenso en torno al mensaje de Cristo y su poder redentor. Es sabido que Dostoievski halló en la Cruz un asidero gracias al cual poder sobrellevar las penas del presidio y de la epilepsia. Ese mismo consuelo defiende con elocuencia Aliosha, el menor de los Karamázov, y el que parece menos dañado por el sombrío carácter del padre. No es pasto del odio, como sí lo es Dmitri, y luego también Iván. Alumno aventajado del carismático monje Zosima (potente personaje que, sin embargo, tiene poco recorrido), Aliosha se presenta como la antorcha que ilumina el trágico destino de la familia. Su amor místico resalta ante el desenfreno que caracteriza y enfrenta al padre y a Dmitri; insidia de Agrafena mediante.

Para terminar, diré que me he reído con la novela. Tiene pasajes hilarantes, de la mano de unas criaturas que a veces hablan atropelladamente, enlazando de manera espontánea unas ideas con otras; en otros momentos, en cambio, el sentido de lo dicho es intrincado, propio de corazones que circundan el crimen.

 

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